Fanfic Koi Suru Bou Kun

Proyecto Challengers!

martes, 2 de agosto de 2011

Cap 14: fanfic de The Tyrant Who Fall in Love / Koi Suru Boukun.

Hola! para variar disculpen por favor la demora, este cap no me convenía lo suficiente pero después de comentarlo como siempre con una amiga salvadora me convencí de subirlo xD espero que les guste! Oh sí personajes... vuelvanse locos jojojo.

Y una vez más: UN SALUDO PA PIÑERA QUE ME ESTÁ LEYENDO n.n/ por favor, no seas malvado :3 sí?

Y bueno, al fic:

- Bien, tendremos que ponerle una inyección – dijo el doctor con voz de profesional – enfermera, ayúdeme a voltearlo, por favor.

Senpai estaba viendo lo que ocurría con extraña sorpresa, evidentemente el ver a Morinaga siendo movido de ahí para acá como muñeco de trapo pesado podía descolocarlo al considerar que hace apenas dos días ese mismo hombre se había visto tan fuerte y poderosos cuando lo violaba, haciéndolo ver al mismo senpai como muñeco de trapo, solo que en su caso, un muñeco de trapo ligero.

La enfermera (que tendría más o menos 30 algo de edad) bajó sus pantalones dejando a la vista sus nalgas algo sudadas por la enfermedad, y senpai apartó la vista con sonrojo en la cara, como si sintiera vergüenza ajena, humillación ajena, y sin ver solo pudo oír el quejido lastimero de Morinaga al momento de la inyección a manos del doctor, mientras la enfermera lo sostenía para evitar algún movimiento brusco del somnoliento.

Senpai volvió a mirar, ahora la enfermera le sacaba la chaqueta que no pudo sacar el senpai, mientras el doctor anotaba en una libretita remedios y sugerencias para su paciente; pero senpai no cayó demasiado en eso, realmente estaba sumido en ver como manos ajenas y femeninas tocaban a Morinaga; cómo la enfermera, aunque con la frialdad de una profesional, tocaba a Morinaga al moverlo de aquí para allá queriendo meterlo a la cama, pero él pesaba demasiado, por lo que tuvo que…

- disculpe, puede ayudarme?

- …. Ah! Eh? – senpai siquiera se dio cuenta a primeras, y de inmediato se preguntó a sí mismo qué cara estaba poniendo justo ahora. Tal parecía que ninguna ofensiva, pues la enfermera lo miraba con normalidad, solo que esperando respuesta – c-claro…

Senpai se acercó y la ayudó a meterlo dentro de las frazadas, sin siquiera darse cuenta que eso significaba que no podría dormir en su propio cuarto al menos esa noche; y es que senpai sólo podía darse cuenta de sus extrañas sensaciones, una a una venían como olas que lo congelaban de la impresión, ahora extraña vergüenza ajena, y de último tontos celos “celos…?” senpai recordó, era el mismo sentimiento de la mañana, cuando esa chica tocó a Morinaga con su pañuelo…

- Gracias… - la enfermera había notado la conducta tensa de senpai, pero no hizo más que ignorarlo, después de todo, siempre uno se puede encontrar con gente rara de la que no se sabrá nunca su historia.

- Aquí está, debe tomar una de estas cada 8 horas, este jarabe cada 6, y lo de siempre: mucho líquido y descanso – el médico sonrió mientras le daba un papelito a senpai con las recetas y las indicaciones, senpai lo recibió con un agradecimiento cortes venido de la costumbre, pues aún estaba algo descolocado para pensar claramente – son $XX (N/A: no sé cuánto poner ahí xD, pero puedo chamuyar en pesos chilenos jaja).

Senpai casi había olvidado pagarles y se volteó para tomar del segundo cajón de su escritorio su billetera donde llevaba los billetes “grandes”, sacando lo necesario para pagarles ahí mismo, pero al voltear con el dinero en la mano notó la extraña mirada que le arrojaba la enfermera y el médico, senpai se sobresaltó, otra vez sin pensar había hecho algo que lo delataba, el médico y la enfermera estaban confundidos preguntándose de quién era esa habitación finalmente si el enfermo dormía ahí pero ese joven sabía dónde estaba el dinero (xD), pero el médico lo recibió rápidamente, igual que la enfermera él no preguntaba y su rostro extrañado solo duró unos cuantos segundos (cosas de ir a atención a domicilio xp).

- Gracias a usted, por favor, siga las indicaciones y las instrucciones de las medicinas.

- H-hai…

Senpai esta vez sí pudo acompañar a sus visitantes hacia la puerta, sintiendo un gran alivio al cerrarla tras ellos. Pero a la vez también, sintiendo un pequeño aire de ese asco que lo había seguido todo ese día, solo que como ellos eran desconocidos no le dolió tanto como con Yamagushi “Yamagushi…” las horas habían logrado calmar a senpai por lo que pudo pensar un poco más en lo que había pasado con él, y a medida que volvía a su habitación pensaba y se convencía que en realidad Yamagushi no pudo haberse enterado de lo que tenía con Morinaga, aunque no sabía qué podría estar pensando referente a la sangre… qué explicación darle… y senpai estaba decidiendo como antes había decidido, que haría como si no hubiera pasado nada, después de todo, por qué tendría que darle explicaciones a ese “alumno de curso inferior” pensó con menosprecio para convencerse más de su decisión, pero, ¿y Morinaga? Lo veía ahora mismo, durmiendo más plácidamente que antes, puso una mano en su frente y se dio cuenta cómo estaba ya un poco mejor, la inyección había sido muy efectiva y estaba más tranquilo pensando que a medida que pasaran las horas se iría sanando poco a poco. Le acaricio su mejilla, disfrutando el sonrojo y su expresión cansada, pensó que Morinaga sí querría darle explicaciones a Yamagushi, e incluso que el mismo Yamagushi se lo preguntaría y para asegurarse que éste último no se enterara de nada peligroso decidió que lo mejor sería hablar con Mori de lo que había pasado en la casa, de lo que Yamagushi había visto.


Y al pensarlo su cara se endureció, no se fijó, no lo pensó, solo retiró su mano de la cara de Morinaga y fue a cambiar el pote de agua por agua limpia y nuevo hielo, pensando que esperaría a que bajara del todo su fiebre y que entonces se iría a comprar la medicina y comida precocinada pues ya era hora del almuerzo; para Morinaga, senpai mismo le prepararía avena con vitaminas, uno de los pocos platos que podía cocinar, “y manzanas… compraré manzanas”.





Horas después senpai estaba de regreso, dejó las bolsas de comida en la cocina y se fue de inmediato con las bolsas de las medicinas en la mano, a ver cómo seguía Morinaga, encontrando a éste durmiendo como lo había dejado, tocó su frente y no pareció tener fiebre, pero le puso el termómetro igualmente para estar seguro. Le acarició el pecho con algo de conciencia e inconciencia tras dejar el termómetro en su axila, senpai disfrutaba ese calor de fiebre que despedía el cuerpo de Mori, tan cálido y húmedo, además de sentir bajo sus dedos como se movía su pecho al respirar, profundamente pero no tan lento como un sano lo haría.

RRRIIIINNN!!!

Sonó un celular, y senpai dio un brinco al ser sorprendido infraganti por él mismo otra vez acariciando a Mori dormido, pero no tuvo tiempo para avergonzarse demasiado pues buscó con rara desesperación de dónde provenía ese ruido, y escuchó. Venía de la chaqueta de Morinaga que había quedado sobre la cama, tragó saliva y puso mirada severa, lo buscó y miró su pantalla apenas encontrarlo: “Hiroki” decía, senpai se preguntó de inmediato y con mala cara quién coño era (xD), y qué hacía llamando a Mori, y miró a éste como si pudiera contestarle aun dormido, luego volvió a mirar la pantalla del celular y otras vez los celos lo invadieron con una rabia con bonus extra “bueno… no me queda más que contestar…” se excusó, cuando en realidad solo quería indagar...

- aló?

- Ah! Lo siento… es el celular de ángel, digo! De Morinaga-kun?

- Sí, lo es, solo que ahora no puede contestar, por eso lo he cogido yo, su senpai.

- Ah... ¡ah! – hiro se aterró de inmediato, recordaba al demonio-tirano-homofóbico y violento senpai de su amigo, y tembló de inmediato – ah… ya veo… em, perdone, solo quería saber si él estaba bien… - dijo con voz tímida Hiro.

- Por qué? – dijo secamente a su vez senpai, sin tener ni un mínimo de cortesía ni de inteligencia si quería sonsacarle información a su interlocutor casual.

- Ah… pues… es que, cuando se fue se veía… muy mal y-

- Se fue? De dónde? – senpai lo increpaba con voz furiosa y Hiro casi podía sentir las llamas de odio a través del celular.

- Eh… es que, anoche… él pasó aquí anoche… y se la pasó estudiando, casi no durmió y se veía muy mal… cuando se fue… - pero a Hiro no le quedó más que contestar, sentía el peligro de mentir como si senpai leyera la mente, y también sentía la incapacidad de ocultarle algo como cuando era niño y su madre lo regañaba.

- ….. ya veo… - contestó bajo senpai, su furia había caído tras oírlo todo y con crudo desdén, como despecho ante todo concluyó la conversación – pero no te preocupes, él está bien, yo lo cuidaré.

PI PI PI PI…

Hiroki bajó su celular de su oído adolorido por la voz violenta de senpai, y lo miró un rato, se preocupó de su amigo y se espantó más aun, se preguntó como muchas veces qué le veía a ese tipo Morinaga, y se arrepintió de que años atrás él no hubiera insistido más con él “yo lo cuidaría mejor” pensó con temor pero con despecho a su vez.

De vuelta donde senpai, éste miraba con un odio nuevo a Morinaga, que dormía plácidamente como si no hubiera dormido en días (y en realidad, algo así había pasado).

Senpai se acercó a Morinaga con paso firme y furioso.

- ¡¿Quién era ese tipo?! ¡¿Qué tienes con él?! ¡¿Es ahí donde pasaste la noche?! ¡¿Por qué te llama?! – gritoneó eufórico senpai, aunque sabía que Morinaga no podía contestarle, aunque se arriesgaba tal vez a despertarlo cuando aun senpai no estaba listo para encararle, solo para gritarle - ¡Me hiciste algo así y después te fuiste donde él! ¡Eres un cobarde! ¡Toma la responsabilidad, idiota!... - respiró hacia dentro, como inflando su furia – no tienes que mirar a nadie más! ¡Ni a Yamagushi! ¡Ni a esa chica! ¡A nadie más!

- Nnn… - Morinaga se removió un poco en la cama, pero no pudo demasiado por el cansancio de su cuerpo, sus cejas se arquearon un momento, pero de inmediato volvió a la serenidad y a dormir profundamente.

- ….. – senpai agitado, se había dado cuenta de lo que había dicho, puso una mano en su boca con histeria como si pudiera parar las palabras ya arrojadas, tiritó y sus ojos se pusieron llorosos, tenía tanto miedo de él mismo en ese momento, y la palabra “insano” volvió a su mente; quería golpearlo, ahora mismo quería romperle la cara a Morinaga, “Tú tienes la culpa de todo, maldito bastardo, tienes toda, toda la culpa!”.

Y con esas emociones se acercó furioso a Morinaga, decidido a partirle la cara, a hacerlo pagar por todos esos años, todas esas “violaciones”, todos esos sentimientos que lo confundían e invadían sin parar. Lo cogió del cuello de la camiseta, sintiendo cómo las lágrimas contenidas se le enfriaban en sus ojos, y lo miró con furia, a centímetros de su cara, pudo sentir su respiración caliente por la fiebre y ver de cerca el sonrojo que tanto disfrutaba de él.

- ….!! – y toda su furia y su odio se volvió nada, se volvió pena y pesar, desesperación y humillación, cerró los ojos tan fuerte como cerró sus puños en su ropa, y las lágrimas cayeron de su cara tensa, sonrojada y tiritona. Tragó saliva como tragándose toda la rabia y ahora miró a Morinaga (aun dormido profundamente a pesar de todo) con ojos de pena y rabia, la misma mirada que Morinaga le había mostrado cuando le dijo que lo odiaba; sus dientes tiritaban, sus manos temblaron.

Y senpai besó a Morinaga, dejándolo caer a la cama de lo poco que lo había levantado con sus puños, lo besó con desesperación, con amor y odio, y sus manos al fin libres de todo limite recorrieron el pecho húmedo de Morinaga sobre su camiseta, y la boca de senpai se abrió mientras sus ojos permanecieron cerrados y sufrientes mientras disfrutaba ese beso agitado, mientras degustaba la saliva caliente y amarga por la enfermedad de Morinaga, su aliento afiebrado, sus labios ardientes de fiebre que senpai mordisqueó con los suyos.

Morinaga no pudo hacer nada, solo removió un tanto su cara queriendo escapar de la falta de aire, pues tenía las narices tapadas y no podía respirar bien con senpai en su boca, tosió por lo bajo un tanto en la boca de senpai, y este sintió como desesperaba a Morinaga al quitarle el aire, lo que lo ánimo extrañamente a seguir, y así pasaron los minutos, y más minutos hasta que senpai se vio satisfecho al fin después de 10 minutos de besos alocados; sintió erección en los jeans y tal vez por eso paró, porque sintió el dolor de su pene provocado por su erección. Lo cierto es que al parar de todas formas siguió inclinado sobre Mori, necesitaba mirarlo, y lo observó con total libertad, como esa vez hace apenas unos días en que haciendo el amor sobre él disgustó libremente su visión… pero ahora Morinaga estaba dormido… como siempre pero respiraba más agitado, tal vez de alguna forma igual había logrado llegar a él en sus sueños.

Senpai se limpió la boca con su manga, y recuperó a su vez el aire faltante, mientras aun en su boca degustaba la sombra de la ajena. Su sonrojo era del todo, pero su nerviosismo de cierta forma había pasado, como su furia, y ahora si bien sentía una inquietud por dentro era solo por la excitación y la locura que había acabado de hacer, pero era mil veces una mejor sensación que la histeria inquieta de ese día. Morinaga dormía, Morinaga no se movía, no rechazaba sus besos, y eso lo calmaba, que se quedará ahí, que su boca estuviera caliente para él, senpai no quería de alguna forma que Mori despertara, no quería hablar con él, no quería avisarle lo de Yamagushi, ni aclarar nada…

Senpai aun impactado de lo recién vivido, decidió levantarse a preparar la comida que había comprado, no porque quisiera escapar como antes de lo vivido, sino más bien porque estaba satisfecho de lo hecho de alguna forma, era la primera vez que senpai hacía del todo lo que quería con respecto a Morinaga, con respecto a su carne, nunca lo había podido tener como ahora porque el solo hecho de que Mori estuviera despierto, consiente, mirándolo, lo descolocaba demasiado como para ser honesto, ahora había podido gritarle, besarlo y tocarlo como no se había dado cuenta que deseaba hacerlo… y terminó de entenderse a sí mismo, recordando cómo hace días tapó sus ojos para que no lo viera sobre él, mientras brincaba sobre Morinaga haciendo el amor en un vaivén interminable. Y su entrepierna dolió una vez más, aun delicada a cualquier estimulo, miró otra vez a Morinaga, con sonrojo y con cierta molestia, como si el orgullo sobre todo no pudiera alejarse de él.

Se levantó al fin para hacer la comida, dejando atrás esa habitación, y mientras calentaba la suya precocinada en el microondas se puso a preparar la avena con vitaminas para Morinaga, a la vez que decidía para sí mismo que Morinaga no se enteraría de ese beso, ni de los gritos que le arrojó momentos antes, pero sí, de alguna forma Morinaga le iba a dar explicaciones, senpai tenía que escuchar de su boca lo que sea que tuviera que decir sobre la noche pasada en que él no estuvo, porque en realidad, no importaba el qué dijera, senpai en realidad quería absorber su tono de voz, esa voz sumisa pidiendo perdón, voz tímida y tiritona como siempre cuando se disculpaba, solo esa quería oír de él ahora.

“yo no me arrepiento” es cierto, Morinaga en realidad ya no se disculpaba como antes, y no sabría si lo haría ahora, pero quería que lo hiciera.

- Es cierto… soy un egoísta…

Pero senpai también no se arrepentía de su accionar, como Mori tampoco de haberlo abusado así, senpai no se arrepentía de no dejar que se fuera, porque en verdad solo quería tenerlo junto a él, una necesidad enferma, un hecho desesperante que solo se calma al tenerlo cerca.

Pero también le dolía el verlo sufrir, el que las cosas hubieran llegado hasta ese punto, a las lágrimas crudas, a la violación, a lo insano y a lo loco.

- Yo… dije que lo aceptaba… es mi culpa, también yo fui quien lo buscó – murmuraba revolviendo la avena casi lista, el microondas había hace rato dado su “pitito” de listo pero senpai no lo había oído, sumido en sus pensamientos hablados – cómo decirle que… lo acepto… a él… que quiero que se quedé aquí aunque sufra…

Senpai apagó la cocina y tapó la ollita de la avena. Comió en la cocina, donde en realidad más le gusta comer y degustó sin sentir ese platillo que en realidad era insípido, nada que ver con las comidas que le daba Morinaga, comidas que Mori preparaba con esmero y cuidado, memorizando cada característica del plato y los ingredientes para satisfacer cada vez más los gustos de senpai.

“Lo acepto, lo acepto” se repetía sin parar, se había dado cuenta de por qué había dicho aquello esa vez, y más importante, el qué aceptaba, lo aceptaba a él… a sus sentimientos, a que lo deseara a sí, a él, completamente, porque no quería que se fuera, que se alejara, quería tenerlo a su lado aunque ambos sufrieran.

Pero tal vez se había dado cuenta muy tarde de esto, si ya habían llegado al punto de lo insano, si ya había ocurrido un abuso de las magnitudes que había sido, tal vez no servía de nada que senpai se haya dado cuenta que quería estar con Morinaga, que lo aceptaba. Hace un año hubiera sido perfecto, cuando Morinaga aún era el tímido chico que se le declara con tristeza, con dolor y miedo, pero entonces senpai solo pudo pedirle que se quedara a su lado sin conciencia de ello, aun si lo besó a cambio, aun si se atrevió a besar a otro hombre, senpai no había sabido el por qué. Solo sabía que no quería que se alejara, y solo hoy sabía que eso significaba que aceptaba sus sentimientos, incluso no por deber (como una obviedad ya que Mori está a su lado) sino por deseo propio, senpai quería aceptar a Morinaga, quería que todo fuera más fácil, desearía poder quererlo…

- Eh?... ¿quererlo…? – senpai no había casi tocado el plato, recordó tantas, tantas cosas, tantos momentos en que la felicidad se había deslumbrado en ese vivir cotidiano de ellos dos; en el laboratorio, en el casino de la universidad, en casa en esas apacibles tarde, y de pronto… senpai también recordó esos momentos de sexo intenso pero amable, donde Morinaga lo abrazaba tan fuerte como si tuviera miedo de que se le escapara, con la desesperación de contener el tiempo ahí mismo, de alargarlo al infinito y quedarse conectado con él, senpai lo sentía, en esos momentos no pero ahora podía hacerlo… esos momentos también eran felicidad - ….. – senpai se sonrojó y comenzó a sudar nervioso, se había dado cuenta de demasiadas cosas y casi deseó ser diferente, cambiar el cómo era, ir ahora mismo y decirle todo a Morinaga, que entendía todo, que lo aceptaba, que estaba bien hacer esas cosas con él, que juntos podrían alargar ese tiempo… pero no podía, senpai no era así, y aunque ahora era consciente de que quería estar con Morinaga, no alejarse ni dejarlo alejar, de que quería que se quedara aunque sufriera… no podía decirlo, y ¿cómo decirlo? Que era un egoísta, un insensato, un tirano incluso para esto – entonces… - dijo con voz temblorosa para sí mismo – lo que tengo que hacer… - tragó saliva, sin ver la nada pero viendo toda la verdad – es…

CONTINUARÁ.

Ya saben, comentarios aquí abajito o en el cuadro de mensajes al lado xD, tambipen está mi correo: shicakane@hotmail.com para quien quiera escribirme y comentarme (o amenzarme, suele pasar xD).

lunes, 25 de julio de 2011

Intertextualidad Casual

A veces ocurren, uno está leyendo un libro y al rato cuando lee otro aparece una curiosa relación entre ambos, un tema, un objeto, un pensamiento xD suele ocurrir, una interesante casualidad literaria. A veces me pasa, y me he acostumbrado a sorprenderme sola, pero como ahora pasaron dos seguidas y la última tan rebuscada, no puede evitar no compartirla con sus citas correspondientes x3.

Comienzo con la simple, para que se vea cómo puede nacer una intertextualidad casual tan fácilmente. Estaba leyendo un pequeño librito, muy antiguo, esos escolares, de antes que apareciera la internet y que venía con el diario La Tercera; éste traba de Marco Polo, viajero que me interesó desde mi clase de Literatura Hispanoamericana, ya que él viajó a Asia antes que nadie, y lo oriental siempre me ha llamado la atención, el caso es que su Libro de las maravillas no me servía para ese ramo más que como referencia, por lo que ante la urgencia de leer sólo los necesarios tuve que cancelar su lectura (que ya la lograré pronto *-*), pero pude conseguir el librito escolar xD así que lo leí muy interesada (comentó de paso, que por la toma he podido leer tanto :3)


En él lo que más me llamó la atención fue un curioso suceso tragicómico que le ocurrió al Kan de Persia, y que afectó colateralmente a Marco Polo; cuento corto, Marco se había convertido en emisario del gran Kan de China tras pasar años en su compañía, por lo que éste le mandó en un viaje con la delicada princesa Cocacin para casarla con el Kan de Persia, un viaje que duró 18 meses en barco, es decir, un año y medio, pero cuando llegaron después de mucho esfuerzo…

“Ya en su destino comprobaron que Argón (el Kan de Persia) había muerto envenenado por beber demasiado elixir de la inmortalidad.”

XDDD sólo me queda decir chilenamente “LA WEA PENCA” xDDD jajaja, morir por beber elixir de la inmortalidad, no se puede ser más jodido xD, y viaje en vano!

Pero más allá de las tayas (xp) éste hecho me llamó mucho la atención por la tonta paradoja que contenía (incluso lo puse en face xD) y por eso mismo me sorprendió tanto cuando al día siguiente el famoso elixir de la inmortalidad apareció en el nuevo libro que leía: La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada de Gabriel García Márquez, sí, el título es larguísimo xDD pero en realidad el libro traía varios cuentos, sólo que el más relevante y largo era ese, pero no encontré en éste el elixir señalado sino en otro del libro: El mar del tiempo perdido, lo que más recuerdo del cuento fue lo que vi en mi imaginación por sumirme demasiado en las letras: en el fondo del mar, dos hombres se habían sumergido a buscar tortugas para comer, pero en ese mar se echaba a la gente muerta y ahí estaban, rejuvenecidos y dejándose llevar por corrientes, y vieron una vecina que había muerto vieja pero se había rejuvenecido, pasó frente a ellos rodeada de flores y con más siguiéndola, como si durmiera. Fue hermosamente tétrico, pero concentrándome en el tema de esta entrada es que de pronto apareció otra vez el famoso elixir, llamado esta vez “elixir de la vida eterna”, cuando el pueblo volvió a la vida por un extraño aroma a rosas “que se encontraba hasta en la mierda” como dice ahí, vino muchísima gente, entre ellos, cito: “hombres con una culebra enrollada en el cuello que vendían el elixir de la vida eterna.”


Considero una gran casualidad esto xD aunque tal vez muy simple porque en ambos casos, los dos son simples comentarios. Y por eso tengo mi haz bajo la manga, la gran casualidad literaria, la intertextualidad “sin querer queriendo” que me pasó días después con otros dos libros.

Les cuento, que tras leer Malinche de Laura Esquivel (ya pondré algo de ese libro aquí) me interesé en las obras de esa autora por cómo toma la sexualidad femenina, aun si a mi parecer es demasiado “cebollera” lo que me recuerda que de México vienen las novelas de ese tipo, así que es por eso? Nah, eso sería pensar con demasiada simplicidad xD. El caso es que me animé a leer Como agua para chocolate, uno de los muchos libros de mi lista inconclusa y sumativa eterna (xD). El pilar de esa novela es que la protagonista, Tita, está condenada por tradición familiar a no poderse casar ni tener hijos, ya que al ser la menor de las hijas debe cuidar a su madre hasta que ésta muera, y claro, su madre que es tan malvada (xD) le impone esta horrible tradición y vigila que la vaya a cumplir haciendo incluso que su enamorado se case con la hermana de Tita con tal que no se case con ella (otra wea penca), y bueno, yo recomendaría la novela (tanto como la película que vi tras leer el libro) aunque no me gusta el estilo cebollero aun así me parece muy bueno en mm “esencia,” en “idea” xD como la idea de que la comida está conectada con la cocinera de forma fantástica y fabulosa, moviendo los hijos de la trama más que sus protagonistas, además de la sexualidad femenina que ya comenté y lo femenino mismo en toda la obra, tiene ese aire de tradición de campo, tradiciones tan arraigadas que terminan siendo reales, es genial.


Y bueno, pasaron los días y me aventuré a leer Inés del alma mía de Isabel Allende autora muy criticada por sus best sellers (ya que si son best sellers normalmente la calidad literaria etética etc. del libro deja mucho que desear) pero que yo reconozco por su calidad de investigación al componer sus libros, pero sí, es cierto, su estilo se parece sospechosamente a Gabriel García Márquez pero en realidad no lo alcanza (solo es sencilla al relatar, no fluiuda y profunda como él, a mi ver), siento que esta autora se va más a la cantidad que a la calidad, pecado mortal en la literatura, pero bueno, cuando lea La casa de los espíritus podré hacer una crítica fundamentada si en verdad es una copia de 100 de soledad que compré con el dolor de mi alma, dios que estaba caro el muy hp xDDD.


Y bueno, ¿dónde está la famosa intertextualidad casual? Pues está en que la protagonista de este libro, Inés, tampoco se podía casar ni tener hijos, estaba condenada (esta vez) a cuidar hasta la muerte a su abuelo ¿por qué? Ocurre que la madre de Inés no iba a tener más hijos, y por tanto para el abuelo esta iba a ser la última oportunidad de tener el nieto HOMBRE que tanto deseaba ¿y quién nació? Inés, una niña xD, por lo que el abuelo como penitencia (como si ella hubiera tenido la culpa ¬¬) decidió que no le daría dote pues no se casaría y lo cuidaría hasta la hora de su muerte (las weas pencas sobran aquí).

De todas formas, Inés, choriza como nadie se volvió costurera y buena cocinera de empanadas para ella misma hacerse su dote y luchar contra su destino, claro que se casó con un hp (Juan de Málaga), pero después más adelante se casó con un buen tipo, Rodrigo de Quiroga x3 tras haber sido chuecamente dejada por Pedro de Valdivia ¬¬.

Y bueno, el libro es recomendable no solo porque recoge nuestra historia sino que también toma temas de superación y lucha, recuerdo muy bien cuando lo leía en el bus, cruzando el desierto de Atacama hacia La Serena, y justamente iba en la parte en que Pedro de Valdivia con Inés y los suyos lo cruzaban, las descripciones eran crudas y bizarras, comentarios desde que el horrible frío hacía que cuando los hombres se sacaban sus guantes se les iban los dedos congelados en él sin que se dieran cuenta ni sintieran dolor, o que la sed era tal que bebían la orina de los caballos “que era poca y oscura” como describe; pero la imaginación a veces no ayuda a digerir suficiente la realidad y solo al mirar por mi ventana pude tomar la real dimensión de esa cruzada, de ese camino interminable en tierra dura y seca, polvorienta, donde siquiera las lagartijas asoman, sep, ojala hagan una película de este libro o esta aventura porque los libros a veces no recogen ciertas cosas visuales así como a las pelis se les van detalles (aunque es solo mi ignorante opinión).

Igual a veces tiene algunos errores, se supone que Inés le escribe a su hija (adoptiva) Isabel pero de pronto dice “íbamos con xx, YY, e Isabel” debería ser “y tú, Isabel” pero mira que yo soy exigente xD, o los cambios de narrador, eso no es malo, depende el estilo pero debió ser así al principio no al final de las 100 páginas a mi parecer o parece un desorden colosal, a propósito, el libro tiene como 350 páginas, no sé cómo lo leí en algunos días. Mmm y también siento que se le escapa el aire chileno, siendo que sé que el libro es para chilenos pero aun así… a veces el aire de redacción de Inés es tan “suelto” que… uno pierde la cronología y el realismo del relato. Aunque es cierto que ella puso una nota al principio de la novela sobre esto:

“Ésta es una obra de intuición, pero cualquier similitud con hechos y personajes de la conquista de Chile no es casual. Asimismo me he tomado la libertad de modernizar el castellano del siglo XVI para evitar el pánico entre mis posibles lectores.”

El que haya puesto “pánico” me ofendió un poco, pero para ser realista La Araucana de Alonso de Ercilla, me ha costado trabajo, pero sí me gusta la lengua española de esos siglos, es hermosa y es una pena que haya sido dejada de lado en esta obra (aunque dos veces se cita a La Araucana) me pregunto si en realidad era por una imposibilidad de duplicar el lenguaje para la autora, es muy posible, pero hay que ser realista, solo los intelectuales hubieran pescado una obra así, pero entonces no sería best seller, sería de calidad xD (aunque según yo, esta obra puede salvarse un poco de ser best seller por ser un rescate chileno y femenino). Y bueno, para no dar más la lata, el último comentario:

Cito nuevamente, la nota preliminar a la novela:

“En estas páginas narro los hechos tal como fueron documentados. Me limitaré a hilarlos con un ejercicio mínimo de imaginación.”

NOOOOO, pecado mortal triple xDDD toda obra es fantástica, por tanto sus personajes también lo son, y sus hechos, no se puede esperar este libro como historia, incluso si es novela histórica, sino como fantasía, siempre, siempre! Es regla de teoría literaria >_>, yo creo que los editores lo sabían, pero como es best sellers lo pasan por alto, ainch x_x mi profe de literatura daría un discurso largo sobre esto.

Aparte xD rescatando el libro de mis propias críticas, y como dije antes, rescata la historia y lo femenino, además del mismo personaje de Inés, a los que los historiadores machistas nunca tomaron en cuenta ¬¬.

Ahora leeré otro librillo de La Tercera, esta vez de Pedro de Valdivia para instruirme un poco más del tema, y seguiré en mi lucha con La Araucana, además de leer un poco de una enciclopedia de literatura que rapté de mi casa.

Me ha interesado a propósito el personaje de Lautaro, así que tal vez me aventura con Lautaro, joven libertador de Arauco de Fernando Alegría, pero en realidad con el libro de Inés ya terminé con mis libros sobre Hispanoamericana así que debería leer La Celestina de Fernando de Rojas (wo, otro Fernando, y yo me llamo Fernanda, y mi padre Fernando y wowow xp) pero me llama más la narrativa, es más, como les comenté, planeo comprarme la novela: La casa de los espíritus, y conseguirme el de Marco Polo (éste último, sin embargo, parece más difícil de conseguir) pero me serviría para complementar mis lecturas de Hispanoamericana? :p nah! xD escusa barata jaja.

Ya les comentaré xD, a todo esto debo trabajar haciendo fichas de los libros ya leídos, uhhh, eso no me anima mucho, pero es necesario, aunque no se note, no soy computadora y me olvido de cosas.

Gracias por leer a los que leyeron hasta el final *-*, viva la literatura.

Y otra vez: UN SALUDO PA PIÑERA QUE ME ESTÁ LEYENDO! POR EDUCACIÓN DE CALIDAD, NO AL IMPUESTO AL LIBRO!!! xD único país del mundo donde existe joder, nos quieren ignorantes, nos quieren ignorantes! xD y no es broma o.ó

jueves, 21 de julio de 2011

Blacamán el bueno, vendedor de milagros de Gabriel García Márquez

El último cuento que leí del libro "La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada", todos los cuentos de ese libro son geniales, pero tal vez porque fue este con el que me despedí del libro me gustó más, definitivamente G.G.M es fabuloso! xD

"Blacamán el bueno, vendedor de milagros" (1968)

de Gabriel García Márquez.

Desde el primer domingo que lo vi me pareció una mula de monosabio, con sus tirantes de terciopelo pespuntados con filamentos de oro, sus sortijas con pedrerías de colores en todos los dedos y su trenza de cascabeles, trepado sobre una mesa en el puerto de Santa María del Darién, entre los frascos de específicos y las yerbas de consuelo que él mismo preparaba y vendía a grito herido por los pueblos del Caribe, sólo que entonces no estaba tratando de vender nada de aquella cochambre de indios sino pidiendo que le llevaran una culebra de verdad para demostrar en carne propia un contraveneno de su invención, el único infalible, señoras y señores, contra las picaduras de serpientes, tarántulas y escolopendras, y toda clase de mamíferos ponzoñosos. Alquien que parecía muy impresionado por su determinación consiguió nadie supo dónde y le llevó dentro de un frasco una mapaná de las peores, de esas que empiezan por envenenar la respiración, y él la destapó con tantas ganas que todos creimos que se la iba a comer, pero no bien se sintió libre el animal saltó fuera del frasco y le dio un tijeretazo en el cuello que ahí mismo lo dejó sin aire para la oratoria, y apenas tuvo tiempo de tomarse el antídoto cuando el dispensario de pacotilla se derrumbó sobre la muchedumbre y él quedó revolcándose en el suelo con el enorme cuerpo desbaratado como si no tuviera nada por dentro, pero sin dejarse de reir con todos sus dientes de oro. Cómo sería el estrépito, que un acorazado del norte que estaba en el muelle desde hacía como veinte años en visita de buena voluntad declaró la cuarentena para que no se subiera a bordo el veneno de la culebra, y la gente que estaba santificando el domingo de ramos se salió de la misa con sus palmas benditas, pues nadie quería perderse la función del emponzoñado que ya empezaba a inflarse con el aire de la muerte, y estaba dos veces más gordo de lo que había sido, echando espuma de hiel por la boca y resollando por los poros, pero todavía riéndose con tanta vida que los cascabeles le cascabeleaban por todo el cuerpo. La hinchazón le reventó los cordones de las polainas y las costuras de la ropa, los dedos se le amorcillaron por la presión de las sortijas, se puso del color del venado en salmuera y se le salieron por la culata unos requiebros de postrimerías, así que todo el que había visto un picado de culebra sabía que se estaba pudriendo antes de morir y que iba a quedar tan desmigajado que tendrían que recogerlo con una pala para echarlo dentro de un saco, pero también pensaban que hasta en su estado de aserrín iba a seguirse riendo. Aquello era tan increíble que los infantes de marina se encaramaron en los puentes del barco para tomarle retratos en colores con aparatos de larga distancia, pero las mujeres que se habían salido de misa les descompusieron las intenciones, pues taparon al moribundo con una manta y le pusieron encima las palmas benditas, una porque no les gustaba que la infantería profanara el cuerpo con máquinas de adventistas, otras porque les daba miedo seguir viendo aquel idólatra que era capaz de morirse muerto de risa, y otras por si acaso conseguían con eso que por lo menos el alma se le desenvenenara. Todo el mundo lo daba por muerto, cuando se apartó los ramos de una brazada, todavía medio atarantado y todo desconvalecido por el mal rato, pero enderezó la mesa sin ayuda de nadie, se volvió a subir como un cangrejo, y ya estaba otra vez gritando que aquel contraveneno era sencillamente la mano de Dios en un frasquito, como todos lo habíamos visto con nuestros propios ojos, aunque sólo costaba dos cuartillos porque él no lo había inventado como negocio sino por el bien de la humanidad, y a ver quién dijo uno, señoras y señores, no más que por favor no se me amontonen que para todos hay.

Por supuesto que se amontonaron, y que hicieron bien, porque al final no hubo para todos. Hasta el almirante del acorazado se llevó un frasquito, convencido por él de que también era bueno para los plomos envenenados de los anarquistas, y los tripulantes no se conformaron con tomarle subido en la mesa los retratos en colores que no pudieron tomarle muerto, sino que le hicieron firmar autógrafos hasta que los calambres le torcieron el brazo. Era casi de noche y sólo quedábamos en el puerto los más perplejos, cuando él buscó con la mirada a alguno que tuviera cara de bobo para que lo ayudara a guardar los frascos, y por supuesto se fijó en mí. Aquella fue como la mirada del destino, no sólo del mío sino también del suyo, pues de eso hace más de un siglo y ambos nos acordamos todavía como si hubiera sido el domingo pasado. El caso es que estábamos metiendo su botica de circo en aquel baúl con vueltas de púrpura que más bien parecía el sepulcro de un erudito, cuando el debió verme por dentro alguna luz que no me había visto antes, porque me preguntó de mala índole quién eres tú, y yo le contesté que era el único huérfano de padre y madre a quien todavía no se le había muerto el papá, y él soltó unas carcajadas más estrepitosas que las del veneno y me preguntó después qué haces en la vida, y yo le contesté que no hacía más que estar vivo porque todo lo demás no valía la pena, y todavía llorando de risa me preguntó cuál es la ciencia que más quisieras conocer en el mundo, y esa fue la única vez en que le contesté sin burlas la verdad, que quería ser adivino, y entonces no se volvió a reir sino que me dijo como pensando de viva voz que para eso me faltaba poco, pues ya tenía lo más difícil de aprender, que era mi cara de bobo. Esa misma noche habló con mi padre, y por un real y dos cuartillos y una baraja de pronosticar adulterios, me compró para siempre.

Así era Blacamán, el malo, porque el bueno soy yo. Era capaz de convencer a un astrónomo de que el mes de febrero no era más que un rebaño de elefantes invisibles, pero cuando la buena suerte se le volteaba se volvía bruto del corazón. En sus tiempos de gloria había sido embalsamador de virreyes, y dicen que les componía una cara de tanta autoridad que durante mucho años seguían gobernando mejor que cuando estaban vivos, y que nadie se atrevía a enterrarlos mientras él no volviera a ponerles su semblante de muertos, pero el prestigio se le descalabró con la invención de un ajedrez de nunca acabar que volvió loco a un capellán y provocó dos suicidios ilustres, y así fue decayendo de intérprete de sueños en hipnotizador de cumpleaños, de sacador de muelas por sugestión en curandero de feria, de modo que por la época en que nos conocimos ya lo miraban de medio lado hasta los filibusteros. Andábamos a la deriva con nuestro tenderete de chanchullos, y la vida era una eterna zozobra tratando de vender los supositorios de evasión que volvían transparentes a los contrabandistas, las gotas furtivas que las esposas bautizadas echaban en la sopa para infundir el temor de Dios en los maridos holandeses, y todo lo que ustedes quieran comprar por su propia voluntad, señoras y señores, porque esto no es una orden sino un consejo, y al fin y al cabo, tampoco la felicidad es una obligación. Sin embargo, por mucho que nos muriéramos de risa de sus ocurrencias, la verdad es que a duras penas nos alcanzaban para comer, y su última esperanza se fundaba en mi vocación de adivino. Me encerraba en el baúl sepulcral disfrazado de japonés y amarrado con cadenas de estribor para que tratara de adivinar lo que pudiera, mientras él le daba vueltas a la gramática buscando el mejor modo de convencer al mundo de mi nueva ciencia, y aquí tienen, señoras y señores, a esta criatura encandilada por las luciérnagas de Ezequiel, y usted que se ha quedado ahí con esa cara de incrédulo vamos a ver si se atreve a preguntarle cuándo se va a morir, pero nunca conseguí adivinar ni la fecha en que estábamos, así que él me desahució como adivino porque el sopor de la digestión te trastorna la glándula de los presagios, y resolvió llevarme donde mi padre para que le devolviera la plata. Sin embargo, en esos tiempos le dio por encontrar aplicaciones prácticas para la electricidad del sufrimiento, y se puso a fabricar una máquina de coser que funcionara conectada mediante ventosas con la parte del cuerpo en que se tuviera un dolor. Como yo pasaba la noche quejándome de las palizas que él me daba para conjurar la mala suerte, tuvo que quedarse conmigo como probador de su invento, y así el regreso se nos fue demorando y se le fue componiendo el humor, hasta que la máquina funcionó tan bien que no sólo cosía mejor que una novicia, sino que además bordaba pájaros y astromelias según la posición y la intensidad del dolor. En esas estábamos, convencidos de haber burlado otra vez a la adversidad, cuando nos alcanzó la noticia de que el comandante del acorazado había querido repetir en Filadelfia la prueba del contraveneno, y se convirtió en mermelada de almirante en presencia de su estado mayor.

No se volvió a reir en mucho tiempo. Nos fugamos por desfiladeros de indios, y mientras más perdidos nos encontrábamos más claras nos llegaban las voces de que los infantes de marina habían invadido la nación con el pretexto de exterminar la fiebre amarilla, y andaban descabezando a cuanto cacharrero inveterado o eventual encontraban a su paso, y no sólo a los nativos por precaución, sino también a los chinos por distracción, a los negros por costumbre y a los hindúes por encantadores de serpientes, y después arrasaron con la fauna y la flora y con lo que pudieron del reino mineral, porque sus especialistas en nuestros asuntos les habían enseñado que la gente del Caribe tenía la virtud de cambiar de naturaleza para embolatar a los gringos. Yo no entendía de dónde les había salido aquella rabia, no por qué nosotros teníamos tanto miedo, hasta que nos hallamos a salvo en los vientos eternos de la Guajira, y sólo allí tuvo ánimos para confesarme que su contraveneno no era más que ruibarbo con trementina, pero que le había pagado dos cuartillos a un calanchín para que le llevara aquella mapaná sin ponzoña. Nos quedamos en las ruinas de una misión colonial, engañados con la esperanza de que pasaran los contrabandistas, que eran hombres de fiar y los únicos capaces de aventurarse bajo el sol mercurial de aquellos yermos de salitre. Al principio comíamos salamandras con flores de escombros, y aún nos quedaba espíritu para reirnos cuando tratamos de comernos sus polainas hervidas, pero al final nos comimos hasta las telarañas de los aljibes, y sólo entonces nos dimos cuenta de la falta que nos hacía el mundo. Como yo no conocía en aquel tiempo ningún recurso contra la muerte, simplemente me acosté a esperarla donde me doliera menos, mientras él deliraba con el recuerdo de una mujer tan tierna que podía pasar suspirando a través de las paredes, pero también aquel recuerdo inventado era un artificio de su ingenio para burlar a la muerte con lástimas de amor. Sin embargo, a la hora en que debíamos habernos muerto se me acercó más vivo que nunca y estuvo la noche entera vigilándome la agonía, pensando con tanta fuerza que todavía no he logrado saber si lo que silbaba entre los escombros era el viento o su pensamiento, y antes del amanecer me dijo con la misma voz y la misma determinación de otra época que ahora conocía la verdad, y era que yo le había vuelto a torcer la suerte, de modo que amárrate bien los pantalones porque lo mismo que me la torciste me la vas a enderezar.

Ahí fue donde se echó a perder el poco de cariño que le tenía. Me quitó los últimos trapos de encima, me enrolló en alambre de púas, me restregó piedras de salitre en las mataduras, me puso en salmuera en mis propias aguas y me colgó por los tobillos para macerarme al sol, y todavía gritaba que aquella mortificación no era bastante para apaciguar a sus perseguidores. Por último me echó a pudrir en mis propias miserias dentro del calabozo de penitencia donde los misioneros coloniales regeneraban a los herejes, y con la perfidia de ventrílocuo que todavía le sobraba se puso a imitar las voces de los animales de comer, el rumor de las remolachas en octubre y el ruido de los manantiales, para torturarme con la ilusión de que me estaba muriendo de indigencia en el paraíso. Cuando por fin lo abastecieron los contrabandistas, bajaba al calabozo para darme de comer cualquier cosa que no me dejara morir, pero luego me hacía pagar la caridad arrancándome las uñas con tenazas y rebajándome los dientes con piedras de triturar, y mi único consuelo era el deseo de que la vida me diera tiempo y fortuna para desquitarme de tanta infamia con otros martirios peores. Yo mismo me asombraba de que pudiera resistir la peste de mi propia putrefacción, y todavía me echaba encima las sobras de sus almuerzos y mataba animales del desierto y los ponía por los rincones para que el aire del calabozo se acabara de envenenar. No sé cuánto tiempo había pasado, cuando me llevó el cadáver de un conejo para mostrarme que prefería echarlo a pudrir en vez de dármelo a comer, y hasta allí me alcanzó la paciencia y solamente me quedó el rencor, de modo que agarré el conejo por las orejas y lo mandé contra la pared con la ilusión de que era él y no el animal el que se iba a reventar y entonces fue cuando sucedió, como en un sueño, que el conejo no sólo resucitó con un chillido de espanto, sino que regresó a mis manos caminando por el aire.

Así fue como empezó mi vida grande. Desde entonces ando por el mundo desfiebrando a los palúdicos por dos pesos, visionando a los ciegos por cuatro con cincuenta, desaguando a los hidrópicos por dieciocho, completando a los mutilados por veinte pesos si lo son de nacimiento, por veintidós si lo son por accidente o peloteras, por veinticinco si lo son por causa de guerras, terremotos, desembarcos de infantes o cualquier otro gesto de calamidades públicas, atendiendo a los enfermos comunes al por mayor mediante arrego especial, a los locos según su tema, a los niños por mitad de precio y a los bobos por gratitud, y a ver quién se atreve a decir que no soy un filántropo, damas y caballeros, y ahora sí, señor comandante de la vigésima flota, ordene a sus muchachos que quiten las barricadas para que pase la humanidad doliente, los lazariños a la izquierda, los epilépticos a la derecha, los tullidos donde no estorben y allá detrás los menos urgentes, no más que por favor no se me apelotonen que después no respondo si se les confunden las enfermedades y quedan curados de lo que no es, y que siga la música hasta que hierva el cobre, y los cohetes hasta que se quemen los ángeles y el aguardiente hasta matar la idea, y vengan los maritornes y los maromeros, los matarifes y los fotógrafos, y todo eso por cuenta mía, damas y caballeros, que aquí se acabó la mala fama de los Blacamanes y se armó el despelote universal. Así los voy adormeciendo, con técnicas de diputado, por si acaso me falla el criterio y algunos se me quedan peor de lo que estaban. Lo único que ya no hago es resucitar a los muertos, porque apenas abren los ojos contramatan de rabia al perturbador de su estado, y a fin de cuentas los que no se suicidan se vuelven a morir de desilusión. Al principio me perseguía un congreso de sabios para investigar la legalidad de mi industria, y cuando estuvieron convencidos me amenazaron con el infierno de Simón el Mago y me recomendaron una vida de penitencia para que llegara a ser santo, pero yo les contesté sin menosprecio de su autoridad que era precisamente por ahí por donde había empezado. La verdad es que yo no gano nada con ser santo después de muerto, yo lo que soy es un artista, y lo que único que quiero es estar vivo para seguir a pura de flor de burro con este carricoche convertible de dieciséis cilindros que le compré al cónsul de los infantes, con este chofer trinitario que era barítono de la ópera de los piratas de Nueva Orleans, con mis camisas de gusano legítimo, mis lociones de oriente, mis dientes de topacio, mi sombrero de tartarita y mis botines de dos colores, durmiendo sin despertador, bailando con las reinas de la belleza y dejándolas como alucinadas con mi retórica de diccionario, y sin que me tiemble la pajarilla si un miércoles de ceniza se me marchitan las facultades, que para seguir con esta vida de ministro me basta con mi cara de bobo y me sobra con el tropel de tiendas que tengo desde aquí hasta más allá del crepúsculo, donde los mismos turistas que nos andaban cobrando al almirante trastabillan ahora por comprar los retratos con mi rúbrica, los almanaques con mis versos de amor, las medallas con mi perfil, mis pulgadas de ropa, y todo eso sin la gloriosa conduerma de estar todo el día y toda la noche esculpido en mármol ecuestre y cagado de colondrinas como los padres de la patria.

Lástima que Blacamán el malo no pueda repetir esta historia para que vean que no tiene nada de invención. La última vez que alguien lo vio en este mundo había perdido hasta los estoperoles de su antiguo esplendor, y tenía el alma desmantelada y los huesos en desorden por el rigor del desierto, pero todavía le sobró un buen par de cascabeles para reaparecer aquel domingo en el puerto de Santa María del Darién con el eterno baúl sepulcral, sólo que entonces no estaba tratando de vender ningún contraveneno sino pidiendo con la voz agrietada por la emoción que los infantes de marina lo fusilaran en espectáculo público para demostrar en carne propia las facultades resucitadoras de esta criatura sobrenatural, señoras y señores, y aunque a ustedes les sobra derecho para no creerme después de haber padecido durante tanto tiempo mis malas mañas de embustero y falsificador, les juro por los huesos de mi madre que esta prueba de hoy no es nada del otro mundo sino la humilde verdad, y por si les quedara alguna duda fíjense bien que ahora no me estoy riendo como antes sino aguantando las ganas de llorar. Cómo sería de convincente, que se desabotonó la camisa con los ojos ahogados de lágrimas y se daba palmadas de mulo en el corazón para indicar el mejor sitio de la muerte, y sin embargo los infantes de marina no se atrevieron a disparar por temor de que las muchedumbres dominicales les conocieran el desprestigio. Alguien que quizás no olvidaba los blacamanismos de otra época consiguió nadie supo dónde y le llevó dentro de una lata unas raíces de barbasco que habrían alcanzado para sacar a flote a todas las corbinas del Caribe, y él las destapó con tantas ganas como si de verdad se las fuera a comer, y en efecto se las comió, señoras y señores, no más que por favor no se me conmuevan ni vayan a rezar por mi descanso, que esta muerte no es más que una visita. Aquella vez fue tan honrado que no incurrió en estertores de ópera sino que se bajó de la mesa como un cangrejo, buscó en el suelo a través de las primeras dudas el lugar más digno para acostarse, y desde allí me miró como a una madre y exhaló el último suspiro entre sus propios brazos, todavía aguantando sus lágrimas de hombre y torcido al derecho y al revés por el tétano de la eternidad. Fue esa la única vez, por supuesto, en que me fracasó la ciencia. Lo metí en aquel baúl de tamaño premonitorio donde cupo de cuerpo entero, le hice cantar una misa de tinieblas que me costó cincuenta doblones de a cuatro porque el oficiante estaba vestido de oro y había además tres obispos sentados, le mandé a edificar un mausoleo de emperador sobre una colina expuesta a los tiempos más propicios del mar, con una capilla para él solo y una lápida de hierro donde quedó escrito con mayúsculas góticas que aquí yace Blacamán el muerto, mal llamado el malo, burlador de los infantes y víctima de la ciencia, y cuando estas honras me bastaron para hacerle justicia por sus virtudes empecé a desquitarme de sus infamias, y entonces lo resucité dentro del sepulcro blindado, y allí lo dejé revolcándose en el horror. Eso fue mucho antes de que a Santa María del Darién se le tragara la marabunta, pero el mausoleo sigue intacto en la colina, a la sombra de los dragones que suben a dormir en los vientos atlánticos, y cada vez que paso por estos rumbos le llevo un automóvil cargado de rosas y el corazón me duele de lástima por sus virtudes, pero después pongo el oído en la lápida para sentirlo llorar entre los escombros del baúl desbaratado, y si acaso se ha vuelto a morir lo vuelvo a resucitar, pues la gracia del escarmiento es que siga viviendo en la sepultura mientras yo esté vivo, es decir, para siempre.

Fic de Covelina, continuación.

Autora: Covelina
Serie: HWS
Pareja: Grecia x Japón (Heracles x Kiku)

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Japón no comprendía cómo había dejado que las cosas llegaran a tal punto, encogiéndose tímidamente en la sábana que Grecia le había prestado para que se cubriera mientras lavaba su ropa manchada de raki, desde luego que la idea había sido suya pues el europeo no había dado ninguna muestra de querer tapar la pálida piel de su azorado invitado, con esa espontánea liberalidad de la que hacía gala. Lo más problemático era, además, que el clima mediterráneo no se ajustaba mucho a sus intenciones, ofreciéndole un día altamente soleado que lo hacía transpirar dentro de su refugio de lino y, en cambio, perlaba el cuerpo de Grecia cuando tendía la ropa en las sogas, emulando a los antiguos atletas que homenajeaban a sus dioses con el esplendor de su juventud y… ¿En qué diablos estaba pensando? Japón sacudió la cabeza aun más agitado, esperando que su rubor se disimulara con los efectos del calor, hasta llegaba a pensar que el tiempo atmosférico también podía ser una confabulación de su anfitrión.

No podía decir que se sentía mal, todo estaba en calma tal y como a él le gustaba, la única inquietud provenía de su interior, por lo que decidió sacarla de sí para no incurrir en una descortesía para con su anfitrión. Comenzó a respirar hondo para relajarse y sacar de su mente todas esas tonterías, dejó que el sol lo cobijara, la suave brisa del Mediterráneo acariciara sus cabellos y los maullidos de los gatos que los circundaban arrullaran tiernamente su paz. Su estado de relajación llegó a tal punto que se sintió adormecer, la sábana se había deslizado por su hombro, pero no le importó, comenzaba a sentir ese sopor que caracterizaba tanto a Grecia…

Se recostó sobre el diván de mimbre en que estaba sentado, sumamente complacido, entonces comenzó a sentir una delicada caricia avanzando sobre sus piernas, quería oponerse pero el tacto era tan sutil que dudaba de su veracidad, se agitó un poco, la caricia continuaba avanzando en la misma medida que su nerviosismo, se aproximaba a un punto crítico, aquello fue demasiado; al primer roce indebido se sentó súbitamente exclamando en un tono anhelante que pretendía parecer ofendido.

-¡Grecia san!

-¿Eh?

El aludido se acercó por el frente, llevando en sus manos un canasto con ropa húmeda ¿Si él estaba ahí entonces…? Miró a sus piernas, un pequeño gatito ya había hecho de aquél el lecho de su siesta y comenzaba a runrunear. La vergüenza coloreó las mejillas del oriental.

-¿Qué te estaba pasando, Japón?

Japón se alzó de súbito (lanzando al gatito lejos en el intertanto, suerte que cayó de pie) recobrando a duras penas su compostura.

-C-creo que debo irme, Grecia san, por f-favor devuélvame mi ropa.

Las últimas palabras hicieron que volviera a sonrojarse para supo divertimento de su interlocutor. Mientras se tomaba su tiempo para buscar las prendas del invitado, Grecia pensó

-Japón es tan fácil de provocar…

Fanfic de Hetalia, Grecia x Japón, Autor: Covelina.

Rescatando los fics del blog de Kai (mi único afiliado, y morirá xD) aquí uno de sus fics:

Autora: Covelina
Serie: HWS
Pareja: Grecia x Japón (Heracles x Kiku)

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Como siempre que visitaba la casa del balcánico, Japón se estremeció de ansiedad antes de golpear suavemente la puerta en esa calurosa tarde de verano mediterráneo. No era que le desagradara estar con él, por el contrario, cuando se encontraba a su lado todo lo demás disminuía su importancia y sólo se dejaba llevar por la calma perenne de su anfitrión.

Esa calma con la que deducía que el habitante de la casa comenzaba a acercarse a la puerta, a juzgar por la demora. Finalmente sintió acercarse unos maullidos y Grecia asomó somnolientamente en la puerta. Los ojos de Japón descendieron al mismo tiempo que su rostro se fue encendiendo de rubor, al notar que el europeo se encontraba apenas vistiendo ropa interior ¿Por qué estos occidentales no conocían el pudor?

-G-Grecia san…

Musitó azorado. Al darse cuenta, el aludido accionó muy (realmente muy) ligeramente sus músculos faciales en algo que algún día podría haber sido una sonrisa.

-Estoy lavando la ropa ahora… ¿Me acompañas?

Japón asintió sin levantar la vista del suelo, ante todo para no ser descortés. Era una situación incómoda, aunque no negaba que el torso bien formado de Grecia le provocaba suma admiración, como si hubiese sido esculpido por el renombrado Fidias ¿Cómo se mantendría en tan buen estado físico si se pasaba el día durmiendo?

-¿Una bebida?

Grecia lo sacó de sus reflexiones con su lánguida voz.

-Sí, por favor.

No, no podía desviar sus pensamientos de ese cuerpo, que con simpleza se daba a exponer su belleza. Y algo en lo más profundo de su intuición de japonés le decía que él lo hacía apropósito.

-Japón…-

Volvió hablar (más bien bostezar) Grecia mientras extendía a su invitado la mano con un vaso de Raki* que en una mala maniobra fue a dar con todo el contenido ¿accidentalmente? en las ropas de Japón

- Lo siento…-declaró con una suave sonrisa que parecía ocultar mucho más de lo que aparentaba- Tendremos que lavarla también.

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*Raki: (también llamado tsikoudia o tsipouro). Raki le dicen los turcos y la palabra cretense es tsikoudia. Licor elaborado con alcohol de grapa, esencia de anís y azúcar y en general es de factura artesanal. Es realmente muy fuerte y si conoces a algún griego o griega es muy probable que te convide uno como símbolo de amistad.

miércoles, 20 de julio de 2011

fanfic Dragon Ball Trunks x Gohan

Hola, aquí otro fic de la nada, me la pidió un amigo para ahcer un doujinshi de esta pareja, ojalá salga, si es así lo pondré aquí. Espero que lo disfruten!:

Él es diferente frente a otras personas, es el simple joven alegre y puro de 16 años, que no a pasado por la crueldad de batallas donde se pierden amigos y familia… pero cuando nadie más ve, cuando sólo su mirada puede cruzarse con la mía, sus ojos cambian, son como de aquel personaje viajador del tiempo, venidor del futuro que tenía la tez fría y estática, con la mirada dura de haber vivido una época de caos y muerte… aún si él no lo sabe, aún si nadie se lo dijo nunca, parte de ese Trunks del futuro, deseoso de matar, de vengar muertes ajenas pero intimas, está en él.

Pero, ¿por qué están esos ojos aquí, en este joven Trunks de este presente pasivo y tranquilo? Algo de el futuro viajó de alguna manera, los tiempos debían necesariamente entrelazarse para mantener un equilibrio entre la cronología infinita… y apareció aquí, conmigo, como la mala suerte, y como una resignación, apareció conmigo esa frialdad, venganza, ese deseo de herir.

No sé por qué conmigo, tal vez es el pago de algún hecho extraño que no puedo comprender aún, tal vez ese mismo equilibrio cronológico del cosmos me está cobrando una cuenta pasada o incluso futura, tal vez por eso no lucho tampoco… o tal vez todo esto es mi pobre excusa resignada a dejarme violar.

Ahí está otra vez, con la excusa de venir a ver a Gontenz pasea por la casa, cruza sus ojos en soledad con los míos, y esa mirada fría, esa mirada que nadie ha visto en él y que sólo me muestra a mí, aparece… profunda y penetrante, y te acercas, dices mi nombre y tu voz retumba en mis oídos, te veo como en cámara lenta tus pasos con cada paso acercarte, y me quedo inmóvil esperando… esperando…

- no te quedan esos lentes…

- ….. - ¿qué es esa pobre escusa para ensañarte conmigo? Me los quitas, tal vez solo quería desnudarme un poco aunque sea en algo tan pequeño e insignificante como mis gafas cuadradas. Ahora mi corbata, la estiras, la sueltas, no respetas que esté vestido como un adulto en terno, ni siquiera que sea un adulto del todo en mis 27 años de edad. No, eso incluso, te motiva a continuar… - puede venir alguien…

- no, tus padres salieron y le dije a Gotenz… - me miras – que te consultaría algo… y eso haré. – esos ojos fríos y sentenciaros, son como los ojos de tu padre en la cotidianidad, seguro que tú sólo usarías esa mirada en una gran batalla, pero no a llegado la oportunidad para ti, la paz de este mundo sólo te a molestado y te a limitado, después de todo somos sayayins, nacimos para la lucha, sin lucha, nos desesperamos, y tú te desahogas conmigo.

- en-entonces – titubeo, quiero y no quiero decirlo – vamos a mi oficina… - desvío la mirada, pero puedo ver sin ver tu sonrisa retorcida, crees que me tienes bajo tu control… ¿será posible? Hace ya un año que este extraño juego vengativo comenzó, y desde el primer momento no me e defendido, a lo más sorprendido e incluso asustado, pero no defendido, e recibido todo tu accionar sin luchar… por primera vez, no lucho.

Estoy ya en mi oficina, reconozco mi escritorio con papeles revueltos, llegué aquí sin darme cuenta, y él quita mi saco dejándolo sobre una silla, y sigo inmóvil, aunque mi respiración se a agitado; todo fluye naturalmente, se oyen las aves desde la ventana, y se pueden ver las hojas a través del cristal siendo movidas por el viento en este tranquilo día primaveral, no, es tranquilo allá afuera, aquí dentro ponto será un infierno, lo sé y no hago nada para evitarlo.

- en el escritorio.

Parece una orden, es una orden. Pero no es dicha duramente, sólo de forma demasiado firme, porque es lo que quiere, lo que desea, y lo que hará, no hay más que eso.

Lo miro de reojo, ya no tengo corbata y mi camisa está desabrochada en los primeros botones, no sé donde están mis gafas… todo mi orden se a destruido, tal vez este Trunks nunca visto por nadie a hecho despertar en mi un Gohan nunca antes visto tampoco, uno que solo le muestro a él, como él se me muestra a mí, solo a mí.

Camina empujándome con su pecho al escritorio, dándome la vuelta con brusquedad para quedar cara a cara a él. Se a desesperado, no soporta la lentitud en mi accionar, pero la verdad es que yo nunca e hecho nada, en ningún encuentro hago nada, porque no quiero reconocer que soy parte de aquello, así consuelo mi mente con que soy la pobre victima de él que me hace todo eso… todo eso…

- vamos, no eres una chica para ser tan lento… - su voz se a endurecido más, la ansiedad lo a excitado o tal vez la excitación lo puso ansioso; sus manos se mueven rápidas en quitar mi cinturón y yo aprieto la mandíbula mirando hacia esa ventana tranquila, tratando de alejar mi mente de lo ocurre en esa habitación… pero no puedo, él lo a notado y sus uñas se han enterrado en la piel de mi vientre obligándome a despertar de esa somnolencia, no, él desea que lo vea a los ojos, él desea absorber mi inquietud, observar el rápido proceso de tranquilidad a angustia y dolor.

- nn! – pestañeo, mis cejas se han puesto enfadas pero la verdad es que están sufrientes por el dolor sentido, estoy acostumbrado a tomarme el dolor con esa solemnidad de luchador, que él desea desmoronar.

Otra vez su sonrisa, su respiración suave junto a la mía, su boca se a acercado, sus dedos están tocando una intimidad ajena con demasiada tranquilidad, y un beso, y otro beso, y cierro mis ojos, no sé por qué pero siempre que junta sus labios con los míos cierro los ojos, simplemente no puedo mantenerlos abiertos, no puedo abrirlos… su beso es extraño, o al menos para mi que además de él sólo e besado a Bidel, ella besa con la ternura de una joven, él, es brusco y húmedo, como si devorara mi boca, tal vez esta brusquedad solo es alcanzable entre hombres, no, esta pasión.

- eso es… ya estás siendo bueno… - susurra en mis labios, mi pene ya está erecto, tan rápido, sólo por sus manos, antes esto me sorprendía, ahora ante lo inevitable del hecho no me queda más que aceptarlo, pero él se a dado cuenta, y ahora lo usa en mi contra para angustiarme – tan rápido… eres realmente fácil… - e allí su sonrisa otra vez, maliciosa, fría.

Lo miro casi con odio, con un rencor que sólo e mostrado a los enemigos de la tierra y su paz… pero el sonrojo en mis mejillas sólo logra hacer graciosa esa mirada, excusa para más burlas y humillaciones. Y su sonrisa se agranda, y se relame los labios.

Mis pantalones se caen, mis manos comienzas a temblar casi imperceptiblemente en el escritorio del que me apoyo, pero él lo nota, siempre él lo nota todo.

- abre tus piernas – su voz es suave pero fuerte, yo no me muevo, dejo que él con sus mano suaves y pequeñas abra mis muslos, mi piel se ha vuelto de gallina, y escucho el sonido viscoso de su lengua en sus dedos, humedeciéndolos, mientras miro el techo sin pensar en nada, el techo… como la ventana, están tan impasibles, sin importar nada, sin importar qué pasa en este lugar.

- Nn! Ay! – doy un brinco, sus dedos… sus dedos están molestando ese lugar… pero aún así no junto mis piernas, aunque podría no lo hago, sólo aprieto los dientes luchando contra su temblor, y acepto todo eso, con su ardor y dolor…

- Quieto… - su voz se ha agitado más, ya no tiene esa solemnidad de dominador, ahora él mismo está cayendo en su propio juego, ahora lo sé, él también me desea, más de lo que le gustaría…

- Nnn!! – más profundo, humedeciendo todo dentro de mi; su otra mano está pellizcando una de mis tetillas…

Y siento su mirada, absorbiéndolo todo. Y trato de esquivarla, trato de no chocar con ella, pero eso a él le enfada, lo enfurece y la furia lo excita más, toma mi mano abandonando mi tetilla ya roja, y me toma del cabello, fuertemente, obligándome a mirarlo, mientras entierra sus dedos (ya tres) dentro de mí, siento horribles escalofríos.

- mírame! – dice con una dureza furiosa en su voz, pero controla el volumen. Se calma, ve mi expresión de sudor, vergüenza y dolor, y se satisface – hmp – sonríe otra vez, y aunque no es apacible, veo su propio sonrojo… - está muy flexible ahora…

- …!! – abro grandes los ojos, ¡deja de humillarme! Quiero gritarlo pero no digo nada, sólo cierro los ojos, sintiendo el dolor de sus uñar en mi interior… - ah… au…au… - tirito.

- está bien, no sufras, ya te lo daré – se echa hacia atrás, abandonándome, mi cuerpo siente su ausencia de inmediato, y me desespero a mi vez.

Se desabrocha su cinturón, y su pene erecto sale de inmediato, grande y húmedo, en todo su esplendor de adolescente hiperactivo…

- … - qué estoy haciendo? Yo… yo debería correr ahora, debería irme, huir, sería tan fácil... – ah… - pero no lo hago. Espero, sólo espero, y él me mira con tranquilidad, tomándose su tiempo en consumir esa imagen de mí… la imagen que tanto deseaba crear y destruir.

- …. – se acerca – ahí voy, Gohan – no, no digas mi nombre.

- nnn!!! Ahh!! – grito, duele, arde, es, es tan horrible…

- cállate idiota, nos oirán – tapa mi boca con su mano – no quieres que se enteren, verdad? – y e ahí su malicia otra vez.

No se mueve, sólo entró de una sola vez, pero no se mueve. Espera a que termine de convulsionar y…

- nn!! Mmpp!! – su otra mano, me está meneando mi pene, tan fuerte, con tanta violencia… duele, duele, pero mis piernas siguen abiertas, tiritando siguen abiertas.

- Eso es… sé bueno… - dice jadeando a su vez Trunks.



Se siete horrible, duele tanto, y aprieto los dientes y los parpados en mis ojos cerrados mientras aguanto recibirlo todo de Trunks, mientras oigo el crujir del escritorio ante las presiones bruscas.

- auch! – me muerde el cuello, lucho por suplicar entre sus dedos – n-no! no marcas! No…

- qué? Las puede ver tu novia? – dice con malicia, pero con voz demasiado excitada como parecer tan malo como quiere ser.

- … - mi silencio se lo confirma.

- Jeje, lo sé, por eso lo hago – y sus envestidas se aceleran, sin dejarme razonar lo que a dicho ¿fue por eso? O al menos un efecto colateral deseado por él.

- Nn!! Nnn!! – sigue ardiendo, mientras lo siento más profundo en mi vientre, removiendo todo mi interior, presionando y golpeando mi carne por dentro, y ahí hay algo… hay algo dentro que hace arder mi pene, como electricidad que lo atraviesa todo de forma tan placentera que llega a doler, nunca e sentido el dolor así.

- Eso es… comienzas a sentirlo? – susurra agitado, a sacado su mano de mi boca, y me araña la espalda.

- Ah! ah! ah! – no pienso en nada, e cerrado los ojos y me siento caer (o elevarme?) a un sitio profundo, muy profundo que me envuelve del todo, destruyéndome, rompiendo mi carne, es tan grande que no puedo contenerlo, aniquilándome.

- No… mírame… - me llamas, y me besas como si así pudieras llegar hacía a mí, y es así, te siento, aún si no puedo abrir mis ojos por ese beso, ese beso hace que habrá más mis piernas, que se afirmen un poco más en su temblor así como mis brazos, y te reciben con más fuerzas, una invitación a que sea peor de lo que es: aceleras.

- Ahg! Ah! ay! Ay! – el ardor por las heridas de tus uñas y dientes, las envestidas más profundas, el ardor de una lubricación básica, junto con esa destrucción que provocas en mi interior… hace que me corra, abriendo mis ojos, impactándome de esa realidad, de oler mi semen y sentir su suciedad en mi vientre, tirito, tu exprimes todo mi semen provocando dolor por la sensibilidad de una resiente eyaculación.



Respiro agitado, agotado, me has aniquilado del todo, y toda la fuerza de mis piernas y brazos se ha ido, caería si no me sostuvieras.

- hmp, tan rápido – sonríes, mi mirada está perdida pero sé que sonríes, incluso, sospecho que te has relamido los labios – pero – tomas mi mentón aun si miro a la nada – aún no hemos terminado – y mi mirada se fija, te veo, sí, estabas sonriendo, malicioso, pero tu sonrojo me hace creer que hay algo más ahí… algo más.

- ….!! – me aterro un tanto, pero es normal, no acabamos hasta que tu estás satisfecho, esto no es para mí si no para ti.

Y empieza otra vez, profundo, fuerte, sin compasión de la sensibilidad de mi intimidad, y yo aprieto los ojos, me inclino más hacia atrás tratando de contenerme a mí mismo un poco más, arrugando los último papeles decentes del escritorio.

Y siento una de tus manos esparciendo el semen en mi vientre, llevándolo a mi pecho, y me siento asqueroso, humillado, siento unas pequeñas lágrimas contenidas en mis ojos, yo que sólo lloré cuando niño, vuelvo a llorar ahora de adulto por esto…

Pero pasas cualquier límite al meter esos dedos sucios en mis labios, los siento ahí, su viscosidad, su fuerte olor, y trato de mover la cara, pero tu otra mano obliga a mi boca a abrirse y metes los dedos, y te miro desesperado, y sonríes, ahora te vez en completa satisfacción, y andes los dedos, y me dan arcadas, voy a vomitar, me ahogo, y en esa visión oigo y veo tu gemido, cómo me miras con los ojos entreabiertos, abriendo tu boca para gemir por primera y última vez en ese encuentro.

Y te corres, con una mano en mi boca, y la otra en mi garganta, presionando, no es para obligarme a recibir tus dedos ¿verdad? Es por otra cosa.


Siento tu semen hinchar mi vientre, y la lágrima cae, suspiras, y aun adentro te acercas sacando los dedos húmedos de mi boca, y lames esa lagrima, no puedo ver tus ojos, quería ver tu mirada pero todo se a borrado, me siento caer al frio suelo y casi, sólo casi, tus brazos afirmándome, ¿o ya es un sueño?





Despierto, estoy en mi cuarto, estoy desnudo, sucio y adolorido; y Trunks no está. Sé que cada vez será peor, y mirando al techo, con una extraña tranquilidad me pregunto cual será el limite de esta tortura, ¿me matara? No, muerto no le sirvo, y en su mirada lo vi… él me seguirá para siempre.

¿FIN?

Comentarios a: shicakane@hotmail.com

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