Fanfic Koi Suru Bou Kun

Proyecto Challengers!

viernes, 6 de marzo de 2015

One Shot "De dos" de KSB

Hola gente, comencé a trabajar pero todo va muy bien, mi primer sueldo será un fursuit xD hago a niños pequeños, qué loco, son una monada jojojo y tengo un trabajo de pocas horas para ir de a poco con esto de lo laboral y no perder mis aficiones, es por eso que les traigo este regalito. Espero que sus proyectos personales también estén creciendo, yo también me estoy haciendo una cabeza de lobo blanco estilo furry xD cosas.

OneShot “de dos”

Souishi no se había dado cuenta cómo había caído en esa rutina. Pero sospechaba que el primer paso hacía su condena había sido el aceptar dormir juntos cada noche, sí, ese había sido su error, porque ahora no podía notar cómo terminaban teniendo sexo cada vez, no podía notar cómo deslizaba su cuerpo a ese acto, a esa unión, en qué momento Morinaga se acercaba y de un beso o un abrazo pasaba a estar en su interior.

Y ahora otra vez estaban así, uno frente al otro de costado en la cama, jadeantes, agotados, rojos y despeinados, otra vez estaban abrazados y sucios.

- ah… - suspira senpai, está tan cansado ¿en qué habitación están? ¿es la suya o la de Morinaga? Sólo quiere dormir. Escucha una suave risilla, Morinaga está sonriente mientras aún recupera el aire, de verdad es tan feliz así, es tan raro, ese sujeto.

- … ¿estás bien? – le pregunta sonriente.

- eh?

- je, es que me estás mirando tanto… - parece verdaderamente feliz.

Senpai no había caído en la cuenta, es verdad, últimamente no puede evitar mirarlo tan fijamente, no sabe por qué, y ahora, después del sexo si es que no cae dormido se sorprende observándolo, será porque Morinaga parece brillar, tan sonrojado, con gotas de sudor y sus ojos iluminados, ah, debe ser su imaginación.

- n-no es nada… sólo… - trata de alejar su vista, pero en verdad no puede, y pensar que en el pasado vivía esquivando su mirada.

- mmm? – Morinaga se acerca un poco, senpai presiente que lo besará, es como una intuición a estas alturas, pero continúa hablando.

- he estado preguntándome algo… - es verdad, en todos esos largos minutos en que suele observar a Morinaga, incluso después del sexo o cuando es el primero en caer dormido se lo ha preguntado. Ya es consiente que es un tipo guapo, sí, hay que asumirlo, es lo que las chicas llaman ¿un desperdicio dado su condición?

- el qué? – Morinaga se detiene a muy pocos centímetros de su cara, aún están abrazados, con las piernas entrelazadas.

- tú… nunca te has acostado con una mujer? – y lanzó la bomba con su desinterés característico, sin pensar realmente demasiado.

- ah?! – Morinaga retrocedió un poco su rostro, mirando a senpai muy sorprendido y sorprendiéndose también por la cara tranquila con que se lo decía ¿cómo podía y además después del sexo? En verdad es insensible. – que qué?

- sólo me lo preguntaba, eso es todo – senpai pestañó un par de veces, inocente. Morinaga no sabía por qué se estaba sintiendo sumamente incómodo, hablar de chicas no es lo suyo y ¡acababan de hacer el amor, joer! Pensó un millón de cosas a la vez y sintió su horrible clásica inseguridad.

- pues… - bueno, no quedaba más que contestar, supuso. Puso las manos en la cintura de senpai, notó cómo las manos de éste seguían sujetándole los brazos, seguían unidos, tal vez era tonto sentirse inseguro por el tema. – no, nunca.

- ¿nunca? – pregunto senpai, no sabía por qué era incrédulo.

- claro que no, soy gay – le recordó con algo de rencor Morinaga, mirándolo con el ceño algo fruncido. Senpai pasó sobre eso, no sabía por qué sentía esta curiosidad, debía ser porque se dio cuenta que… bueno, que Morinaga era gay y que estaba con él, y de cierta forma esa verdad aún le parecía… rara.

- pero nunca tuviste novia o algo así?

- novia? – Morinaga cada vez se incomodaba más, tenía ganas de castigar a senpai con sexo duro ahora mismo, pero suponía que al menos tenía que contestar – mmhhh bueno sí… algo así.

- sí? – preguntó senpai sorprendido, definitivamente no se daba cuenta de cómo incomodaba a Morinaga.

- sí, bueno cuando era niño… en realidad era como mi mejor amiga, todos decían que éramos novios y andábamos de la mano, pero nada más, cuando crecimos lo dejamos.

- sólo eso? – de nuevo la incredulidad de senpai, que lo miraba con una curiosidad extraña, era cierto que por primera vez tenían una conversación de ese tipo, nunca le había preguntado sobre su vida a Morinaga antes, nunca le había nacido la curiosidad ¿esto era una buena o mala señal?

- bueno y… - ahora Morinaga se sentía extrañamente culpable – en la preparatoria, cuando comenzaba a gustarme Masaki… - ese nombre le cambió la cara a senpai, no supo por qué pero frunció el ceño, aunque siguió mirando a Morinaga, quería saber a pesar de la evidente molestia. Morinaga por supuesto lo notó – estaba confundido de mis sentimientos, recién me estaba dando cuenta que era gay – bajó la mirada – así que cuando se me declaró esa chica le dije que sí, pero como pensé no pude hacer nada con ella, lo intenté pero se sentía extraño, no podía.

- mmm – senpai bajó los ojos también – hasta donde llegaron? – lo miró, ahora no parecía simple curiosidad.

- ah? Pero si te dije que no me he acostado con una mujer en mi vida! – Morinaga se estaba poniendo nervioso, y había comenzado a apretar sus dedos en la piel de senpai.

- ya, pero… - senpai volvió a bajar la mirada, ahora él se estaba sintiendo extraño, era como una especie de tristeza.

- … un par de besos y ya, y se sintió tan raro… innatural, sabes? – Morinaga lo recordaba con muy mala gana, de hecho ya lo había olvidado.

- ya veo – senpai seguía con los ojos bajos, Morinaga preocupado no podía adivinar en lo que estaba pensando, no se imaginaba que senpai no hacía más que castigarse a sí mismo pensando que seguro en esos años Mori había estado con Masaki, claro, era obvio, pero era el pasado ¿por qué le molestaba?

- ….. y tú senpai?

- eh?

- tú… te has acostado con alguna mujer?

- qu-qué dices?! – senpai de pronto había vuelto a su habitual vergüenza complicada de manejar, hasta trató de alejarse de Morinaga echándose hacia atrás pero éste se lo impidió.

- qué? Quiero saber, yo te contesté – dijo con un extraño tono mimoso Morinaga, tenía un puchero en la boca y unos ojos preocupados, realmente, siempre trataba de no pensar en la heterosexualidad de senpai, pero era un miedo que no se iba, de cierta forma sabía que senpai no era gay, pero estaba con él, pero no era gay, era complicado…

- qué? Pe-pero… - senpai bajó la mirada sonrojado, una de sus manos se había cerrado cerca de su boca, como para ayudarlo a contener la vergüenza, sentía pudor por el tema, pero no de su desnudez que compartía con Morinaga, las cosas realmente habían cambiado y a la vez no.

- dime senpai, yo también quiero saber – Morinaga se acercaba peligrosamente, a pesar del tema, siempre que presionaba a senpai se había hecho la costumbre de acercarse así a él, como si estuviera asechándolo, acosándolo.

- n-no… yo nunca… - dijo senpai, titubeando, sin verlo a la cara.

- no? – Morinaga se detuvo, algo sorprendido, en realidad no sabía qué esperaba pero estaba sorprendido.

- que no, nunca. – dijo molesto senpai, arrepintiéndose por haber preguntado en primer lugar, aún no lo miraba a la cara.

Por su parte Morinaga no sabía si estaba aliviado o preocupado, podía ser esto bueno, senpai nunca ha estado con una mujer, tal vez nunca le interesaron y no se había dado cuenta; o… podía ahora sentir curiosidad? Tal vez quiere acostarse con una mujer ¡tal vez por eso preguntaba estas cosas tan raras!

- e-entonces… nunca has tenido novia? – preguntó ahora nervioso Morinaga, estaba apretando su abrazo en senpai, tenía miedo de sus respuestas.

- claro que sí… pero nada serio… tampoco. – ahora senpai lo miraba de reojo.
Morinaga no sabía qué pensar, pero, tal vez esto significaba esperanzas?

- y por qué? –su voz titubeaba.

- pues… yo sí quería salir con una chica… cuando estaba terminando la secundaria, y salimos pero… luego mi madre murió y yo… - senpai de pronto calló, estaba un poco avergonzado, pero de pronto también se puso un poco serio, estaba recordando, sus motivos eran más complicados quizás de los de Morinaga – desde entonces sólo pensé en mi familia y el trabajo – senpai miraba hacia abajo sin ver nada, parecía que de pronto hablaba para sí mismo. Morinaga se arrepintió también por preguntar.

- pe-perdón… - se sentía un idiota.

- por qué? – senpai ahora lo miraba, algo de sonrojo quedaba en sus mejillas, pero ante los recuerdos de esa época complicada se fueron.

- … no sé… sólo…

- está bien, no pienses en eso… ahora… está bien – senpai sin pensar demasiado puso una de sus manos en el antebrazo de Morinaga, lo apretó, era una caricia brusca, tan de senpai.

- pero… tú no quieres…? – pero Morinaga tenía que saberlo.

- mm?

- no sientes curiosidad? – debía saberlo.

- …..!!! – pero qué mierda preguntaba ahora ese sujeto?! Maldición, nunca más le preguntará nada otra vez! – qu-qué dices?! Y-yo no… he pensado esas cosas…! - senpai lo miraba con enfado y vergüenza.

- de verdad? Nunca?

- e-es decir, no es que “nunca”, es sólo… ahg… - senpai volvió un poco la cara, de pronto comenzó a sincerarse más allá de la vergüenza, se dio cuenta de cuánto habían cambiado sus planes por simples que éstos hubieran sido – yo creía que terminaría casado por ahí pero en realidad no es que lo planeara, simplemente lo suponía… qué sé yo, tal vez nunca hubiera pasado si no te hubiera conocido… - senpai lo decía con un dejo de enojo, pero era honesto.

- nunca hubiera pasado… el estar con alguien?

-s-supongo, no lo sé… - dijo con voz más dura.

- je… comprendo – Morinaga sonrió, de cierta forma ya estaba interpretando todo a su propio provecho. Abrazó fuertemente a senpai y besó infantilmente su mejilla.

- ah! Qué haces?! – senpai de pronto recordó la desnudez de sus cuerpos al sentir la piel de Morinaga en tan directo roce con las suya, una reacción bastante tardía.

- nada, sólo, estoy feliz de haberte encontrado… - besó sus labios, senpai lo dejó. – pero sabes, senpai…

- nn? – senpai se relajó demasiado con ese beso, su cuerpo se entumece tan rápido si están así.

- je… aún puedes casarte. – Morinaga le sonreía, pero senpai no entendió a la primera, y dudó a la segunda.

- no sería malo, verdad? – Morinaga volvió a besarlo, ésta vez más apasionadamente poniéndose sobre él, iban a hacerlo otra vez. Inevitablemente.

Y senpai entendió sus palabras, se sonrojó y tensó tanto, se quedó mudo, y su vergüenza no pudo más que desahogarse en los gemidos que de pronto se vio obligado a liberar. Ese tipo estaba loco, decir algo como eso, decírselo ahora... hacerlo así…

***
Horas después de aquello, en la penumbra de la habitación, Morinaga acariciaba el cabello de senpai, disfrutando de su peso sobre el suyo, mirándolo dormir en su hombro. Se veía tan cansado, tan adolorido, tan hermoso. Morinaga suspiraba y besaba su frente, con cierto dejo de melancolía.

“Yo sé… que aunque nos casemos algún día, de todas formas en este país eso no significará nada…. aunque no creo que tú lo aceptes en el futuro. Pero de todas formas, no es como si pueda crear una familia contigo, yo no puedo darte hijos… Souishi.”

- no podríamos ser una familia…

- mn, qué susurras? – dijo con voz ronca, senpai. Se enderezó un poco.

- ah, estabas despierto?

- más o menos, me duele todo… - senpai mantenía los ojos cerrados, como si dormitara, se acurrucaba sin darse cuenta en Morinaga y éste seguía acariciando su cabello.

- ah… claro.

- qué decías? – entreabrió los ojos senpai, lo miró un poco.

- ah, no… no es nada. – Morinaga trató de ocultar su melancolía.

- tonto, dime, se te nota en la cara. – senpai se volvió a enderezar, se dio cuenta que estaba completamente sobre Morinaga, pero tenía una pereza demasiado pesada como para moverse.

- mm, pues… - Morinaga bajó la mirada – sólo pensaba… que no podré… es decir… no podremos ser una familia, supongo.

- …….. – A pesar de la penumbra, senpai pudo adivinar la expresión triste de Morinaga, lo que lo desesperó y provocó que soltará unas palabras sin pensar demasiado ¿aunque quizás eso las hacía más honestas? – pero qué dices? Acaso no hay familias de dos personas?

- …! – sonrojo explosivo on. Mientras que senpai paraba un momento a preguntarse qué carajos acababa de decir, Morinaga ya se había enamorado de él un 55% más de lo que ya estaba – senpai! – lo abrazó histérico.

- qu-qué?! Qué te pasa? No dije nada! – senpai de apoco empezaba a darse cuenta de la locura que había dicho, maldición, esas dosis de sexo, caricias y besos diarios ya empezaban a afectarle en serio.

Morinaga por su parte comenzó a besarlo, y a pesar del dolor de su cuerpo sospechó que podría volver a hacerlo, y senpia… bueno, senpai no tenía opción, debía pagar lo dicho aunque no hubiera entendido bien qué había dicho exactamente.

Fin, por el momento.

Bueno como pueden ver, estos one shot son más o menos ideas sueltas que se me vienen y como no estoy escribiendo una historia lineal de esta maravillosa pareja, prefiero hacer estos oneshots para que no se pierdan las ideas. Espero que les haya gustado, o prefieren una historia larga?

Críticas, comentarios, o cartas de muerte, aquí abajo, o en el cuadro de chat, o si quieren a mi correo: shicakane@hotmail.com


domingo, 22 de febrero de 2015

Libros leídos el 2014

Libros leídos el 2014

Aunque no fue tan fructífero como otros años leí muchas cosas interesantes! A por el 2015 y sus libros nuevos! (aunque tengo muchas ganas de hacer ciertas relecturas)

1. Quo Vaids? (tomo 2) – Enrique Sienkiewicz.

2. El manual del nuevo conductor – XDDD cuenta? En realidad aprendí mucho :v

3. Memorias de una geisha – Arthur Golden.

4. Aprendizaje inteligente – Pablo Menichetti. (para mi trabajo :3)

5. Hombrecitos – Lousa M. Alcott (awww)

6. Camisa de fuerza y otros poemas – Nicanos Parra (un librillo de por ahí).

7. Vida de una geisha – Mineko Iwasaki.

8. Robbie y otros cuentos – Isaac Asimov. :Q______

9. A través de la puerta de la llave de plata, el extraño, la llamada de Cthulhu, selección de poemas, la trampa, y otros cuentos – H. P. Lovecraft.

10. El Necronomicón – H. P. Lovecraft.

11. Relatos de las tierras oscuras – Marcelo Tapia.

12. Geisha – Liza Dalby (sí, me gusta este tema y ahora leo otro xD).

13. Synco – Jorge Baradit.

14. Teleidoscopio . Pía Ahumada Seura.

15. Change the world – “escrito por M”.

16. Fahrenheit 451 – Ray Bradbury.

17. Pablo de Rokha – Antología (o es al revés?)

18. Leyendas de La isla de Pascua – Padre Sebastián Englert.

19. La marquesa de Gange – Marqués de Sade.

Y ustedes, qué libros leyeron? n,u


jueves, 5 de febrero de 2015

Anexo de SYNCO de Jorge Baradit

Y por último y pa terminar con este libro: a continuación unas fotografías de sólo 3 páginas de la sección anexo del libro de SYNCO, hecha tal parece para ayudar a "comprender" un poco más el libro, para los que no lo hayan leído quedarán completamente colgados o confundidos, y es la idea!





Perturbaos todos y preguntaos qué tienen que ver estas cosas con la historia jujauauajua

Imágenes de SYNCO de Jorge Baradit

Hay una sección de este libro donde hay unas imágenes muy interesantes que ayudan a contextualizarte y a la vez fascinarte más por el universo alternativo que creó el autor. Espero no tener problemas por compartirlo con ustedes, también hay fotos de otras imágenes puestas a lo largo del libro.












24 años después de "Geisha", Liza Dalby



El siguiente es un texto que salió en una reedición del libro cerca del año 2.000 '(suerte que llegó a mis manos) dado que la primera reedición fue en los 70, sirve para visualizar la opinión de la autora con respecto a la vigencia de su investigación y experiencia más de 20 años después, vale la pena leerlo para vislumbrar una opinión más actual de esta subcultura, si se quiere ver así, en pleno siglo XXI. Nota: las imágenes son fotos sacadas del libro.


Veinticuatro años después

            Lo que escribí a mediados de los setenta sobre las geishas y el lugar que éstas ocupaban en la sociedad japonesa moderna se ha convertido en una instantánea de una determinada época. Las geishas siguen siendo el adalid de la tradición, pero el hecho de vivir en un mundo cambiante continúa afectando a la profesión. No podría ocurrir de otro modo. Las “madres” geisha que dirigían sus comunidades en 1974-1975, cuando yo me uní por un breve período a sus filas, eran mujeres que habían alcanzado la mayoría de edad antes de la segunda guerra mundial. Sus experiencias y expectativas se desarrollaron en un ambiente más estricto y restringido que el de las geishas jóvenes a las que, a su vez, educaron durante los años de posguerra. Las madres sobre las que he escrito en este libro ya están retiradas o han fallecido. Las mujeres jóvenes que fueron mis coetáneas son actualmente ejemplos de experiencia y autoridad.
           Han pasado veinticuatro años desde que aparecí como la geisha Ichigiku en Pontocho. Durante este período, el decadente local llamado Mitsuba, situado a orillas del río y propiedad de mi madre geisha, fue derribado y reemplazado por un moderno edificio de cinco plantas con un elegante restaurante, un bar y oficinas, y habitaciones para ella en el último piso. Cuando me dijo lo que había hecho me sorprendí. No era una mujer sentimental. Siempre le habían interesado las novedades y se dedicó totalmente a la comunidad de Pontocho hasta que, en 1992, murió de un ataque al corazón.
            Si veinte años atrás ya resultaba evidente que la vida de las geishas se estaba modernizando, hoy eso es todavía más palpable. En 1989, el primer ministro Uno Sosuke tuvo que dimitir porque su geisha le acusó públicamente de ser tacaño y arrogante. Por primera vez en la vida política de Japón, un político casado era tachado de mujeriego por mantener relaciones con una geisha. Las esposas japonesas no son tan sumisas como lo fueron antiguamente en este tipo de asuntos.


            El 1995, una aprendiza descontenta de Kioto demandó a la casa de geishas donde había recibido su aprendizaje y acusó a la dueña de haberla explotado. Cuando el caso fue resuelto de forma extrajudicial, la chica abrió su propio negocio: un centro de enseñanza a distancia para maiko. El hecho de que fuera capaz de abrir un negocio como éste demuestra lo mucho que han cambiado las cosas.
            El marco para esta “maiko del infierno” pleiteadora (como los periodistas japoneses llamaban a la franca aprendiz) ya se estaba preparando durante mis propios días como geisha. Por entonces, las maiko de Kioto eran todavía una atracción turística y muchas chicas fueron empujadas a formar parte de ella para poder cubrir la demanda de estos símbolos de la ciudad, parecidos a las muñecas. La mayoría jugaban a ser maiko durante algunos años sin la intención de someterse a la disciplina y el compromiso necesarios para convertirse en una auténtica geisha. Mis propias amigas geishas consideraban al primer ministro Uno un ser déclassé y a la descarada maiko una aberración maleducada. Poco tiempo atrás sus comportamientos hubieran sido impensables. Estos escándalos públicos han abierto grietas en las paredes que rodean el mundo de las geishas.


            A lo largo de toda su historia, el “mundo de la flor y el sauce” se ha expandido o contraído según la situación económica del país. Cuando los clientes andan bien de dinero, las geishas permanecen muy ocupadas y ganan más dinero; cuando la corriente económica disminuye, las fiestas se cancelan y las geishas se retiran. Con la crisis de la economía japonesa durante los años noventa, la población de geishas disminuyó. Sigo pensando que es poco probable que el siglo XXI carezca de geishas. La función de conservar la tradición japonesa, aquello que define su profesión, no ha cambiado. Mientras los japoneses estén seguros de su valor cultural, es probable que las geishas resistan los escándalos de la vida moderna. No obstante, el hecho de que dejen de ganar tanto dinero es, probablemente, inevitable.
LIZA DALBY
Berkeley, California

Febrero de 1998.

Así empieza SYNCO de Jorge Baradit


Y esto será lo único que transcribiré del libro arriesgándome a violar derechos de autor xp por supuesto animo a que compren el libro y así apoyen la literatura chilena y actual pues este libro es relativamente nuevo.

Para contextualizar un poco el texto transcrito, así básicamente comienza el libro. Para los perdidos Pinochet (en la realidad) fue el “causante” del golpe de estado por parte del ejército acá en chile en 1973 dando así fin a la democracia socialista que se había plantado en Chile por Allende. Pues bien, el siguiente fragmento ya nos sumerge en un “qué tal si…” completamente fantástico, lo que leerán a continuación nunca pasó, al menos no en esta realidad xD, y respondería al hecho de por qué no ocurrió la dictadura militar en Chile, en el universo de este libro.

Agosto de 1973
Santiago de Chile

En su sueño más recurrente también aparece Valparaíso.

            Siempre es igual. El océano frente a la bahía se pone de pie con un bramido monstruoso y le escupe la palabra carne directamente al rostro. El pobre niño cae asfixiándose fuera de cuadro, rodando por los cerros de su recuerdo hasta el final de la escena. Desde su cabeza abierta mana rojo y espeso el ruido de una ambulancia que se acerca y lo arranca del ensueño a tirones, como se saca a un recién nacido desde el fondo del agua.

            Una ambulancia.

            Entonces despierta.

            Despierta en Santiago de Chile, de regreso al peso de su cuerpo y a las temperaturas de la realidad. Está más viejo, ya no es un niño. En un segundo recordará que venía en auto desde su casa, medio segundo más tarde recordará que algo raro había ocurrido durante el trayecto, y tardará otra milésima más para que el control de daños lance un grito afilado desde su rodilla derecha.

            Está en el suelo.

            Hay voces reverberando dentro de su cráneo, los oídos tapados.

            ¿Olor a humo?

            A nivel del suelo, donde tiene apoyado el rostro, ve piernas corriendo en todas direcciones, pavimento y chatarra. Restos de piezas metálicas. Un trozo de algo parecido a un espejo retrovisor brilla y le indica que el día está soleado. Recuerda vagamente otro día de mucha luz, cierta mañana en Pisagua.

            El dolor en la rodilla lo está matando.

            Intenta recordar mientras alguien, a veinte centímetros de su rostro, le grita algo que no entiende; la velocidad de las cosas está trastocada y todo parece transcurrir bajo el agua prístina de los arrecifes de coral, llena de brillos y reflejos.

            Sacude la cabeza y su memoria comienza a regresar pieza por pieza. Mira hacia un costado y ve rugir un auto en llamas a cinco metros de distancia. De pronto, todos los gritos cobran sentido, la ciudad reaparece, la realidad estalla en su conciencia con todos sus colores. En su brazo ve grados militares. Algo espantoso le viene a la memoria, algo que sube quemándole la columna vertebral.

            “¡¡Lucía, Marco Antonio!!”, grita hacia el auto en llamas, sin escucharse. Todo regresa atropelladamente en su memoria inflamada. Recuerda quién es: se llama Augusto Pinochet Ugarte. Recuerda que se dirigía a una reunión, donde confirmarían su nombramiento como comandante en Jefe del Ejército de Chile, y que su mujer, Lucía, le había pedido acompañarlo junto a su hijo menor. Dos bomberos lo abrazan mientras intenta ponerse de pie; camina sollozando hacia las llamas, como un sonámbulo que gime y cubre el valle con sus gritos. Pero no son gritos, son ambulancias. Las ambulancias son la manera de llorar que tiene una ciudad.

            Es 23 de julio de 1973, son las 8:30 de la mañana y una gruesa columna de humo negro se eleva desde el plano de la ciudad de Santiago.

            En la intersección de las calles Providencia y Condell, un auto desfigurado yace como un animal hecho pedazos por algún depredador monstruoso, envuelto en llamas y con los restos calcinados de una mujer y un niño atrapados entre sus costillas metálicas. Sacrificio humeante, rogativa por un mundo que se desmorona.

            Un hombre también se desmorona esa mañana: con el rostro desfigurado, se hinca durante largos minutos junto a los fierros ennegrecidos de su propio corazón.


***

¡Por favor compren o arrienden o pidan prestado xD este libro, es muy recomendable para chilenos o extranjeros!


Prólogo del libro Geisha de Liza Dalby (transcripción)


                Dado que es un poco complicado encontrar el libro en formato digital, al menos transcribí el prólogo que ayuda mucho a entender de qué va el libro y la perspectiva de su autora al escribirlo, por si alguien se anima a buscarlo. Nota: las imágenes son fotos tomadas del libro!

Geisha de Liza Dalby
Prólogo
GEISHAS Y ANTROPOLOGÍA

              El secreto para comprender la esencia de la vida
consiste en aceptarla como es, con toda su verdadera concreción.

KUKI SHUZO, Iki no Kozo, 1930.


                Este es, ante todo, un libro sobre las geishas. Va dirigido a todos aquellos que alguna vez han sentido curiosidad por la evocadora imagen de las geishas. En segundo lugar, se trata de un libro sobre la cultura japonesa. Lo que las geishas hacen y lo que representan sólo puede comprenderse dentro de su contexto cultural. Por ello, ha sido necesario hablar sobre las costumbres japonesas, la historia, el derecho, la interacción social, la psicología, el mundo de los negocios, las relaciones entre el hombre y la mujer, las creencias religiosas, el atuendo, la comida, la música, la estética y la conciencia de la identidad cultural, entre otras cosas, para poder contar cosas reveladoras sobre las geishas. No obstante, no he utilizado a las geishas como recurso para construir generalizaciones o teorías sobre los japoneses. Las geishas pueden ayudar a comprender Japón y este estudio no pretende ir más allá.
                No considero que las geishas constituyan un microcosmos, un símbolo o una tipificación de la entidad superior: la sociedad japonesa. Pero tampoco son una subcultura marginal. Las geishas están muy arraigadas en la cultura japonesa – los japoneses las consideran “-más japonesas” que prácticamente cualquier otro grupo, pero solamente si se muestra cómo difieren del resto de japoneses puede comprenderse su identidad polifacética.
                Lo más importante es que las geishas son distintas de las esposas. En realidad, son categóricamente distintas, y las categorías se excluyen mutuamente. Si una geisha contrae matrimonio, deja de ser una geisha. Desde la posición ventajosa del hombre japonés, el  papel de la esposa y el de la geisha son complementarios. A pesar de que a menudo las esposas trabajan fuera de casa, socialmente siguen estando confinadas al hogar. A diferencia de los matrimonios norteamericanos, los matrimonios japoneses no suelen salir a divertirse juntos. Además, el idilio no es necesariamente un fenómeno concomitante con el matrimonio; ni siquiera se considera ideal. Se da  por supuesto que las geishas son atractivas, cultas e ingeniosas, y que las esposas son aburridas y serias. Pero no debe olvidarse que todos estos contrastes están constituidos culturalmente y que “atractivo” no significa necesariamente lo mismo para un japonés que para un norteamericano.
                A menudo, las mujeres extranjeras se indignan ante el concepto de geisha. “¡Juguetes para los hombres!”, dicen menospreciando la existencia de tal profesión. Ciertamente, atendiendo a una perspectiva exterior que muestra a Japón como una sociedad atrozmente dominada por los hombres, es lógico que las mujeres consideren esta naturaleza dividida de la feminidad como algo injusto. ¿Por qué no puedes los hombres salir con sus esposas? ¿Por qué una geisha no puede casarse y trabajar al mismo tiempo? ¿Por qué existen las geishas? Pero, a menudo, las esposas japonesas y las propias geishas tienen otra visión de estas instituciones y nosotros no podemos considerarla una distorsión o una falsa conciencia.
                En este libro me he centrado en presentar el punto de vista de las geishas. Naturalmente, este punto de vista toma forma a partir de su opinión acerca de las esposas, la opinión que tienen éstas de aquellas, y la opinión de las geishas sobre la que tienen las esposas acerca de ellas. Irónicamente, a pesar de que resulta difícil considerar feministas a las geishas, son unas de las pocas mujeres japonesas que han logrado ser independientes económicamente y ocupar puestos de autoridad e influencia gracias a sus propios méritos. Las geishas disfrutan de una gran libertad de la que las esposas no pueden disfrutar y ejercen una profesión a la que pueden dedicarse sin miedo al fracaso económico cuando alcancen la edad de treinta y cinco años. No puedo compartir el categórico desprecio feminista occidental por las geishas, a las que se ve como esclavas, y tampoco comparto la idea de que la suya sea una profesión degradante que debería eliminarse para que las mujeres japonesas logren igualdad con los hombres. El lector puede formarse su propia opinión acerca de esta cuestión. Yo, en cambio, he intentado mostrar desde una perspectiva culturalmente sensible, cómo las geishas se ven a sí mismas dentro del contexto de su propia sociedad.


                Como antropóloga, conduje la investigación como si se tratara de un trabajo de campo: me fui a Japón y conviví con geishas. Mis conocimientos acerca del karyukai, el “mundo de las flores y de los sauces”, nombre que recibe la comunidad de las geishas en japonés, los recogí de distintas fuentes. Entrevisté a geishas, a exgeishas, a propietarios de casas de geishas y a funcionarios de la oficina de registro de catorce comunidades de geishas de distintas regiones de Japón. Algunas de estas entrevistas fueron encuentros ocasionales, pero otras requirieron visitas repetidas a lo largo de los catorce meses que dediqué a este trabajo de campo. Para los extranjeros, las geishas tal vez sean todas iguales, pero existen tantas diferencias entre ellas como variedades de rosas. Para poder calibrar estas diferencias, distribuí un cuestionario entre las catorce comunidades, al que respondieron un centenar de geishas.
                Las entrevistas y los cuestionarios son herramientas útiles para la investigación. El concepto de observación participante también es habitual en los estudios antropológicos y mi estancia entre las geishas  de la comunidad de Pontocho puede llamarse así. Particularmente no me gusta el término puesto que implica cierto grado de distancia emocional que únicamente crea una ilusión de objetividad. Se me permitió participar en la vida de esas mujeres, por lo que me siento muy agradecida, y traté de ser una observadora perspicaz de todo lo que ocurriría. No obstante, en seguida descubrí que mi corazón se había visto atrapado en el esfuerzo y que no era capaz de mantener la distancia convencional que debe existir entre el investigador y el objeto de estudio. La objetividad, la clasificación de mis distintas experiencias y el análisis llegaron mucho más tarde.
                Por lo tanto, éste es un libro muy personal en el que no me importa haber incluido extensas partes de material subjetivo. Concretamente, he escrito tanto sobre mi propia experiencia como la geisha Ichigiku en que me convertí como lo he hecho acerca de la geisha más ortodoxa a la que estudié. No puedo pretender demostrar que yo fuera la observadora invisible, la que ve pero a la que no se la ve, que se dedica simplemente a contar lo que ven sus ojos, y sería falso por mi parte decir que mi presencia no influyó en las interacciones que logré grabar. Más bien al contrario: durante mi breve carrera como geisha, Ichigiku se hizo bastante famosa en Japón y fui tantas veces entrevistada como entrevistas realicé.

                Existen varias razones por las que he escrito tanto sobre Ichigiku. Una está relacionada con la pregunta de cómo una geisha llega a serlo. Todas las nuevas geishas pasan por un período llamado minarai o aprendizaje mediante la observación, un método japonés que pude seguir con facilidad. Las demás geishas consideraron perfectamente razonable que yo pasara por el minarai. En realidad, en cuanto comprendieron que me tomaba en serio el estudio de su mundo, fueron ellas quienes lo sugirieron. La transformación de Liza Crihfield, licenciada, en Ichigiku de Pontocho fue muy lenta, y he tratado de reconstruir este desarrollo gradual en los capítulos que hablan de Ichigiku. Por lo tanto, la cuestión de cómo las geishas se convierten en geishas puedo contestarla sin problemas por propia experiencia. Ichigiku no fue en absoluto una típica geisha, pero lo cierto es que nadie puede considerarse una típica geisha.
                Las dificultades que experimenté por ser norteamericana a menudo sugirieron importantes diferencias culturales que me ha costado mucho aclarar. Pero la duda inicial ante las cosas extrañas y poco habituales siempre dará paso a la comodidad familiar de la rutina. Y lo mismo ocurre con el hecho de aprender a ser una geisha, que para mí también supuso que la perspectiva japonesa se convirtiera en la única natural. Para escribir este libro he combinado dos puntos de vista: el de una extranjera que se aprovecha de aquellas cosas que parecen necesitar de mayor explicación y el de una persona del lugar que hace hincapié en cosas que tal vez no se le ocurra preguntarse al extranjero pero que, en realidad, son de vital importancia para el punto de vista de las geishas acerca del mundo.
                Este libro podría considerarse una etnografía, un estudio descriptivo de las costumbres de un determinado colectivo de personas. No obstante, mi objetivo no ha sido catalogar las costumbres de las geishas en distintas regiones de Japón. La descripción siempre necesita un punto de referencia y he tratado de que el mío sea explícito. Considero que este estudio es una etnografía interpretativa. Mi objetivo consiste en explicar el significado cultural de las personas, objetos y situaciones en el mundo de las geishas. A veces, esto me ha llevado a digresiones sobre algunos temas (el humor japonés, por ejemplo) que inicialmente pueden parecer poco relacionados con las geishas. El problema, según su punto de vista, es que ningún tópico culturalmente relevante (una persona como la geisha Sakurako, un objeto como una taza para el té o una situación como la iniciación sexual de una aprendiza de geisha) puede describirse aisladamente, como si no formara parte de una “red de significados” que lo hace totalmente diferente para las personas que viven en el mundo de las flores y de los sauces.

                Por supuesto, una tiene que elegir hasta dónde quiere llegar esa red. Puesto que las elecciones son, hasta cierto punto, arbitrarias, la figura del autor tendría que ser de interés secundario. Ésta es otra de las razones por las que he escrito gran parte de este libro en primera persona. A diferencia de la mayoría de las etnografías, donde la presencia del autor se esconde y donde las cosas se han escrito como si estuvieran ahí para ser observadas, en este caso al lector no se le permitirá olvidar que está siendo guiado por Ichigiku, esto es más evidente en algunos capítulos que en otros (un amigo que echó una ojeada a uno de los primeros borradores del capítulo titulado “Geishas rurales” dijo que reflejaba de un modo sencillo el punto de vista de una geisha de las tierras del interior), pero para mí supone un gesto de honestidad intelectual, si es que no resulta una expresión demasiado grandilocuente, no reservarme mis propias opiniones, sobre todo porque lo que sé de las geishas lo aprendí de un modo muy intenso y particular.

                En repetidas ocasiones me han preguntado qué tipo de mujeres de otras sociedades son comparables a las geishas. Como estudiante de antropología, la disciplina de los estudios multiculturales, me he sentido obligada a responder a esta pregunta, aunque aquí no lo he hecho. Las razones son, en primer lugar, que desconfío de la idea de equivalentes funcionales y, en segundo lugar, que no he propuesto ninguna teoría de la función de las geishas en Japón que pudiera llevar por sí misma a una comparación entre distintas culturas. La comparación de características culturales requiere una simplificación drástica, un recorte de las matrices culturales para poder dar con algo que pueda compararse. Este estudio ha ido en la dirección contraria y profundiza en aquello que hace únicas a las geishas. Indudablemente, las geishas tienen algo en común con las hetarias de la Grecia clásica, con las kisaeng de Corea, con las femmes savantes del siglo XVII en Francia y con las xiaoshu de la China imperial. Pero un análisis de estas similitudes no tiene ningún sentido y en ningún caso ha sido la intención de este libro hacerlo.


                Tal vez algunos se pregunten por qué no he mencionado otros aspectos de las geishas como su imagen o estereotipo en el mundo occidental. La idea de la geisha exótica, gran conocedora de las artes del Kama Sutra para complacer a los hombres, formó parte del estereotipo cultural europeo-norteamericano de Oriente incluso antes de los barcos de Perry. La Madame Chrysantheme de Pierre Loti y la Okichi de Townsend Harris (ninguna de las cuales fue, en realidad, una geisha) son ejemplos de las mujeres supuestamente livianas que los extranjeros identifican con las geishas. Tal vez sea un tópico fascinante, pero sigue diciendo más acerca de las obsesiones occidentales que sobre las propias geishas.

                ¿Qué significa ser una geisha? Indudablemente existen muchos y diversas respuestas. Yo he ofrecido la mía y he intentado aclarar los elementos culturales que necesariamente condicionan una cuestión como ésa.