Fanfic Koi Suru Bou Kun

Proyecto Challengers!

miércoles, 22 de mayo de 2013

Cap 25: fanfic de The Tyrant Who Fall Love / Koi suru Bou kun ¡estoy viva!


Gracias a los seguidores que han esperado este capítulo, sobra decir que tengo mucho trabajo con esto de la práctica y no es que no tenga en absoluto algo de tiempo (aunque eso es algo cercano a la realidad de hace  unas semanas) sino que apenas tengo algo de tiempo libre prefiero honestamente dormir o limpiar mi abandonada casa (hasta vino mi madre a ayudarme un tiempo, eso demuestra que estaba grave xD). Pero en fin, gracias a kamisama he bajado por fin el ritmo aunque estaré algo ocupada hasta mediados de julio, espero poder dejar para trabajar sólo las mañanas, ¿no sería estupendo? El próximo cap será pronto, cuidaré no dejar el hilo ahora que lo retomé, y siento si está imperfecto, a pesar de eso espero que les guste.
Nuevamente gracias por la espera, el ánimo y las amenazas de muerte xD y espero seguir un ritmo de vida más saludable lo que quede del semestre ¡último semestre universitario y me titulo en noviembre wiwiwiw! Pero ni loca trabajaré a este ritmo, no necesito ni quiero matarme por dinero.

***

Senpai abre despacio los ojos al no sentir el beso que sentía venidero. Morinaga está ahí, tan cerca, siente su respiración chocar contra su boca, su boca, sus labios; las cejas contraídas de senpai se unen al temblor de su cara, sus ojos alterados pestañean rápidos una y otra vez viendo los labios de Morinaga. “¿Qué si esto está bien? Idiota, claro que no lo está pero… no puedo hacer nada…”.
Y lo besa.
Cap 25

Fue un choque brusco, si no fuera porque los labios de senpai estaban tan levantados para presionar contra los de Morinaga, seguro se hubieran chocado los dientes. Recordaba éste a ese beso que una vez también por un acto impulsivo de excitación le dio una noche, en ese hotel tras perder su casa por el fuego, con esa idea se tranquilizaba senpai, ese día había sido un infierno, Morinaga casi había muerto y había perdido su hogar y puesto en peligro a su hermana; sí, ese día estaba con la guardia baja, no era consciente de lo que hacía, por eso su cuerpo sólo reaccionó. Pero ahora, ahora él era consciente de su propio deseo, de su propia excitación, por eso había apretado los ojos, por eso se había arrojado a los labios de Morinaga aún si no se atrevía a moverse demasiado en ellos, sólo una fuerte presión, casi desesperante, mientras sus manos temblantes se aferraban con desesperación a los costado de Morinaga, en su cintura, apretando su sudado piyama.
Por su parte Morinaga había recibido ese beso de forma relajada, tal vez era el cansancio o tal vez era al fin esa seguridad en las acciones de senpai que tanto había esperado por estos largos 5 años, seguridad de que era suyo, y él de senpai, el sentimiento de ser deseado por senpai, de tener esa seguridad, era lo que más había deseado sobrepasando incluso su propio deseo hacia él, una locura.

Envolvió a senpai entre sus brazos, rodeando su cintura y enredando sus dedos en sus cabellos, movió entonces los labios ante la presión estática y nerviosa de senpai, y éste contestó con tanta pasión que Morinaga entreabrió los ojos perturbado, y vio a senpai, con ojos sufrientes, cejas contraídas y un sonrojo ardiente en su rostro, moviendo sus labios con tanta velocidad en los calmados labios de Morinaga que sólo quería disfrutar del momento, pero senpai sentía una urgencia, una horrible urgencia por sentir más a Morinaga, más más más, no podía pararlo, necesitaba tomarlo ¿qué era esa extraña sensación tan desgarradora? Era como si ese deseo que siempre lo había seguido, el no querer que Morinaga se alejara de él se hubiera materializado físicamente en su cuerpo, no alejarse de él, estar pegado a él, ser suyo y hacerlo de él, suyo, suyo, tenerlo en él.
- nnhh… ah… senpai… - Morinaga se estremecía, nunca había sentido a senpai así, aunque siempre había respondido de alguna manera a sus besos, uniendo sus labios a los suyos aún si no los movía por sí mismo, sino que seguía los movimientos que Mori hacía, los seguía, y a veces, sólo a veces y normalmente en el orgasmo, los movía de forma desordenada, desesperante… pero ahora, ahora era así, ahora senpai reaccionaba tan bien, respondía tan bien, era tan egoísta en sus labios que Morinaga no podía más que temblar y ponerse nervioso, tan torpemente como nunca le había pasado, él, que siempre era el que doblegaba a senpai ahora se estremecía por el simple hecho de que éste contestara, de que éste lo besara con pasión; era el amor, era tanto para su cuerpo el sentirse deseado, el sentirse amado, no podía más que estremecerse.

Pero de pronto, un mayor estremecimiento lo envuelve en medio de ese delirio, los dedos de senpai se movían ¡se movían en él! ¡Torpes, seguro inconscientes pero se movían en él!, no sabía si eso era una caricia, pero sus dedos que normalmente se mantienen estáticos apretando su carne, ahora se agitaban en el pequeño espacio donde había posado sus manos, ¿eso era una caricia? ¿podía creerlo? Se movían, lentos y apretados contra su piyama. Morinaga abrasa más fuerte a senpai, suspira en su boca y éste también… y de pronto Mori no puede evitar dar un brinco, sí, un brinco, aun si su boca no puede librarse de la senpai, brinca al notar que sus dedos se deslizan nerviosos debajo de su piyama, tocando su espalda, la piel de su espalda.
- se-senpai?

Pero éste no hace caso, pareciera que quería devorar su boca.

“Sí…, senpai… quiere hacerlo…”
Pero Morinaga estaba nervioso, algo lo incomodaba en ese momento, o tal vez simplemente le había invadido una tonta y extraña timidez ante la sorpresiva actitud activa de senpai, aún si temblaba también.

- se-senpai… nn… es…espera… - suplicaba en sus labios Morinaga, no se atrevía a parar sus labios porque los propios no podían parar de responderles tampoco.
Senpai simplemente no oía, el deseo era tan grande que toda su mente se había nublado. Había llegado al éxtasis completo, porque ahora sabía y sentía que Morinaga era suyo, que lo tendría para siempre, y esas ideas lo enloquecían, era más fuerte que él mismo, lo esclavizaban para esclavizar a Morinaga en él.

- nn! Se-senpai! Esp-espera! - entre estremecimientos Morinaga sostiene las manos de senpai que estaban en su cintura, subiendo torpes y temblantes (y medias inconscientes xD) hacia su espalda.
Senpai al fin hable los ojos, vacíos un momento, como si su naturaleza humana se hubiera esfumado… pero volvieron  brillar al segundo y más que nunca. La conciencia, la horrible conciencia volvió a su mente, y se vio ahí, con Morinaga apegado a él, con sus manos contraídas en las manos nerviosas de su ayudante. ¿qué estaba haciendo? ¿qué había hecho? ¿qué era esa horrible excitación…? no, no era eso, más bien era una desesperación desgarradora, una ansiedad que le aplastaba el pecho, un ardor infernar desde su entrepierna a su corazón nublando su mente…

- eh? - Sabía lo que había hecho, lo que hizo y lo que quería hacer, continuar… bajó la mirada, dios, que horrible, por qué lo desea? ¿Por qué tanto, incluso hasta este punto? Fugazmente volvió a desear que Morinaga estuviera inconsciente, eternamente dormido en su cama, como si fuera un muñeco, sí… no ver su mirada aún si fuera enamorada, no oír sus palabras aún si son amables, verdaderas… que fuera un muñeco… para que pudiera guardar este horrible secreto, este horrible deseo… podría entonces hacer lo que quisiera….
- es que… jeje - Morinaga sonrojado trataba de sonreír, también estaba muy excitado y apretaba las manos de senpai, ya se estaba casi arrepintiendo de haber interrumpido tan alentadora reacción por parte de su senpai pero… era demasiada la vergüenza, estaba incomodo porque - es que… quisiera tomar un baño - y sonrió tontamente.

- ah? - senpai lo miró, por supuesto que no se esperaba ese comentario, aunque en realidad no se esperaba ninguno, pero sin embargo, fue suficiente esa extraña frase para sacarlo de ese ciclo vicioso de pensamientos oscuros y volver un poco a sus cabales, si bien siempre manteniendo el sonrojo y el temblor en su rostro.

- bueno… - Morinaga paseó su vista por el cuarto, parecía realmente apenado - no he podido bañarme adecuadamente en días… es vergonzoso - y apretó los ojos agachando un poco la cabeza.

5 segundos que parecieron un minuto fue el silencio que senpai le dio a Morinaga mientras le veía con una cara escéptica… Morinaga por su parte estaba realmente avergonzado, era cierto que se había lavado cada vez que había podido cuando iba al baño pero eso no quitaba el hecho de que su cabello estuviera ya opaco, y su cuerpo estuviera enteramente sudado… y sin contar las eyaculaciones que había tenido inesperadamente esos días también, en su cuerpo yacían fluidos de senpai y de él mismo, el sólo hecho de pensarlo lo avergonzaba muchísimo.
- to-tonto! - dijo senpai de pronto igualmente avergonzado - e-estás enfermo, es obvio! …. - su mueca se desfiguró, sus ojos se desviaron y bajó un poco la cara, otra vez esos extraños pensamientos venían a su mente… sí, Morinaga estaba sucio, él mismo lo había ensuciado… recordó cuando se corrió sobre él, podía ver nuevamente ambos penes juntos, frotándose hasta el dolor, y el rostro temblante de Morinaga, su vientre manchado…

Pero era verdad que senpai… el olor a Morinaga… esos días en su cama… le había gustado, era una locura pero, aunque Morinaga haya estado enfermo todos esos días, aunque haya estado sucio, manchado… el aroma de su cuerpo era embriagante, era como si su olor natural se hubiera cargado mucho más en su cuerpo sudado ¡debía estar loco! y aunque senpai no pensaba literalmente con estas palabras en su mente, lo sentía, lo sabía, eran estos sus pensamientos, era ese su deseo.
“El aroma de Morinaga…” se estremeció.

- pero… sigue siendo vergonzoso… - Morinaga lo veía de reojo, sin soltar sus manos y con aire casi resignado - eres la persona a la que amo, no quiero que me veas así… yo, también tengo mi orgullo, sabes… - Morinaga hizo algo así como un puchero en su rostro sonrojado.
Senpai lo miró a los ojos, tenía un rostro más alterado de lo que Morinaga esperaba, porque esos pensamientos oscuros seguían en su mente, en su pecho, en su vientre.

La persona a la que ama…
- i-idiota! - pero desvió de inmediato la mirada, era demasiado, ser consciente del todo de sus acciones, de sus deseos, tenía tanto miedo pero el deseo era demasiado grande, no podía pararlo - ¿crees que eso me importa? - una de sus manos se deslizó frenética por la muñeca de Morinaga tomando la manga de su piyama. No le importaban pequeñeces como esas, a estas alturas… pero no, la verdad era, que ahora mismo deseaba a Morinaga así, e incluso… ensuciarlo más de la misma manera que la última vez ¿era esa excitación, ese deseo, consciencia en senpai?

- senpai… - Morinaga se sonroja aún más, pero no es el habitual sonrojo de excitación, no, porque también le brillan los ojos, ve a senpai directamente a su rostro, tan cerca del suyo aún, aunque éste tiene aún la mirada algo esquiva. Las últimas palabras dichas no fueron en realidad románticas, incluso podrían considerarse enfermas, eso lo sabe senpai que entiende el fondo oscuro que las albergaba; pero Morinaga, tiernamente casi inocentemente las confundió con una amorosa consideración, como si senpai lo quisiera a pesar de todo, lo desea a pesar de todo. - senpai… - vuelve a llamarlo, ahora sonriente, sus ojos se han entrecerrado un poco, porque ahora está decidido a hacer el amor con senpai. Éste lo mira de reojo, más sonrojado, con un rostro contraído por la oscuridad de su mente aún latente, lo molesta, le da miedo - soy un idiota. - y sonríe, una sonrisa ya no avergonzada, tampoco en realidad tierna, sino esperanzada, siempre interpreta a favor cada pequeña cosa que dice senpai, pero ahora, ahora puede estar seguro de no equivocarse, de que está en lo correcto, de que entiende a senpai; y no estaba equivocado, era cierto que senpai lo aceptaba sin importar nada. ni su amor obsesivo, sus celos paranoicos, su ninfomanía… pero si supiera… porque también se equivocaba, si supiera la verdad, el porqué senpai lo aceptaba así, si supiera que en realidad era deseo de tenerlo así ¿qué pasaría?
Una sombra de esto cruzó por la mente de senpai, sorprendido ante las palabras de Morinaga que no alcanzó a entender, él bruscamente lo había besado, encerrándolo en un abraso casi desesperado, Morinaga podía ahora liberarse porque senpai lo aceptaba. Y senpai… para senpai fue tan fácil entregarse, tan horrendamente fácil que ni siquiera se dio cuenta; porque deseaba tanto ese abrazo, ese beso brusco, esas manos apretando su ropa deseosas de llegar pronto a su carne. Cerró los ojos, respondió a ese beso como no sabía que era capaz de hacerlo y apretó a su vez el piyama húmedo de Morinaga con sus manos temblantes.

La mente de senpai volvió a nublarse nuevamente, tan rápido, de forma tan acelerada volvía a crecer esa oscuridad en dentro de él… avanzó, obligó a Morinaga a apoyarse contra la pared chochando contra la marquesa de la cama, estaba respondiendo demasiado, estaba siendo tan intenso con Morinaga jalando su piyama, abriendo su propia boca para degustar la suya pero no, no era inconsciencia, él sabía de su desesperado deseo, no pensaba, era cierto, pero ¿quién podía pensar claramente en ese pequeño espacio entre esos dos cuerpo perdidos en sí mismos?. No era inconsciencia, pero tampoco su mente estaba aterrizada en cada acción que hacía, más bien, lo hacía como un animal consciente de sus movimientos y deseos pero no movido por una racionalidad sino por su instinto propiamente animal, por una urgencia carnal; pero curiosamente, lo que había despertado a ese animal irracional había sido lo más humano que existe, lo que diferencia a la humanidad misma de lo animal: el saberse amado, y tal vez, amar.
Los movimientos pasaron de la brusquedad a la violencia, pero no eran violentos como una vez lo fueron en manos de Morinaga, esa vez, en esa horrible velada… no, estos movimientos a pesar de ser violentos eran comprendidos, aceptados, no había una resistencia para ellos y por lo mismo su violencia no era corrosiva, no era malvada.

Senpai casi arañaba la piel de Morinaga en sus carisias bruscas y torpes, nunca había acariciado, nunca de verdad, hasta ese momento habían sido movimientos fugases que no podía llamar carisias; pero ahora se aferraba a ese otro cuerpo, desesperado, queriéndolo hacer uno con él, tenerlo, poseerlo, doblegarlo y doblegarse, y parecía que la única forma de conseguirlo era el sexo ¿cuándo senpai puede ser más honesto, de todas formas?
Morinaga por su parte se había sumergido en ese ritmo, a pesar de tener aún el cuerpo adolorido y ya ni siquiera seguro de si lo que sentía era fiebre o calor del momento, correspondía los besos y carisias bruscas de senpai con una misma brusquedad de vuelta. Lo desnudaba, se desnudaba en medio de ese beso absorbente y húmedo. Sexo, sólo querían sexo porque se amaban hasta ese punto. En la cama, siempre en la cama, ¿para qué más? No necesitaban nada porque ahora se amaban.

Sus penes al erectarse dolieron como una electricidad hacia sus vientres, no lo habían pensado pero habían tenido sexo a lo largo de varios días, se habían corrido constantemente, por supuesto que estaban adoloridos pero seguían duros, podían volver a erectarse ¿qué era aquello que hasta el dolor estimulaba?
Senpai en especial sentía esos latidos dolorosos en su pene junto a ese tipo de hormigueo en su trasero, esas ansias en su vientre de ser presionado y llenado, todo su cuerpo llamaba a la tortura, a apretarse, a ser besado y mordido. Y respiraba… senpai respiraba tan fuerte porque el olor de Morinaga lo emborrachaba, era una droga, y cuando al fin él quedó con el torso desnudo no supo cómo pero se vio apegado a él, con su boca en cuello, con su nariz apretada a su piel, respirándole, apretando sus labios a su carne, podía sentir su sabor salado, podía oler ese aroma cargado de Morinaga, era Morinaga, lo tenía debajo de él, para él, no lo rechazaría nunca, sabía que hiciera lo que hiciera él seguiría amándolo. Y entonces inconscientemente entendió, porque fue su cuerpo el que lo hizo, que podía dar riendas sueltas a esa parte oscura dentro de él, a ese deseo que sintió muy profundo desde la primera vez que tuvo sexo con Morinaga: el deseo profundo y oculto de la intensidad máxima, esa que se encuentra en el horror y el dolor, en el asco y el límite, cuando incluso el placer es sobrepasado.

- ah!...nn!! - Morinaga temblaba, nunca senpai se había aferrado a él así, fuerte, apasionado, ni nunca lo había acariciado tan directamente, nunca había besado su piel o al menos quería creer que eso era un beso. Su pene temblaba ya medio liberado de su piyama, en parte quería entrar en senpai pero por otra parte casi quería huir de aquello, era tan grande el sentimiento y sabía que el dolor también lo iba a ser, estaba adolorido, cansado, ¿por qué estaba tan excitado? Parecía que si senpai lo quisiera él iba estar listo para él siempre, sin importar incluso sus propios deseos o la condición de su cuerpo. Siempre erecto para él, era una locura.
- se-senpai… ya… - decía temblando Morinaga, él mismo deseaba esa tortura.

Entonces senpai con la mente ahora completamente nublada se deshizo de sus pantalones de forma tan brusca que lastimó a Morinaga con su rodilla, pero ninguno de los dos se molestó en eso, era un dolor más sumado al momento.
Ambos entonces quedaron desnudos, senpai con la cabellera suelta y sus lentes otra vez peligrosamente en el suelo, estaban tan apegados que no tenían tiempo de darse cuenta de la brusquedad de ambos, incluso de la sorprendente ansiedad de senpai.

El vientre le ardía, le temblaba, su pene estaba húmero y el interior de su trasero se removía desenado ser llenado por Morinaga. Senpai dio un vistazo fugaz al pene de Morinaga, que lo sostenía con las manos temblando. Estaba tan hinchado, tan rojo y húmedo, pero duro, duro y grande siempre, temblando a su vez, le iba a doler, y Morinaga haría ese hermoso rostro adolorido otra vez, debajo de él a merced suya y sin siquiera luchar por ello. Esa idea ¿o más bien el sentimiento? Fue lo que estaba en la mente de senpai cuando se sentó sobre él.
Morinaga dio una especie de grito ahogado, le dolía y se puso rígido, era como una electricidad que le estaba destrozando el pene y a lo largo del cuerpo.

- nnnhhhggg!! - convulsionó. Pero senpai, senpai por su parte ahogó a su vez un gemido extraño, no, no era dolor, sí, sí lo era pero era tan placentero, era tan increíble lo intenso que era que olvidaba que eso era dolor; su mente se perdió del todo, todo se volvió más fugaz incluso que antes, estaba tan lleno, tan feliz en esa locura, y Morinaga, Morinaga debajo de él, gimiendo, temblando, retorciéndose, lo tenía para él, atrapado en él y no podía huir - se-senpai!
Y lo besó, era suyo, todo, todo su cuerpo suyo siempre para él, ahí estaba, duro, endurecido dentro, todo su aroma envolviéndolo en ese pequeño espacio suyo, para él, siempre dentro llenándolo, no iba a necesitar nada más nunca.

- ahg! Ahh! Nn! - senpai comienza a moverse, pero es un movimiento aniquilador, no era armonioso, era como si estuviera castigando a Morinaga, lo hundía en la cama, y absorbía la visión de él poniéndose más rígido aún, apretando los ojos y gimiendo en su dolor.
- AH! NO! ESPERA! SENPAI! DU-DUELE! - Morinaga había puesto las manos en la cadera de senpai, trataba de alguna manera de detenerlo pero sus manos no le obedecían, no luchaban contra esas caderas bruscas, como el resto de su cuerpo aceptaba ese trato, y su pene a pesar del dolor seguía erecto, cómo podía ser? No era posible seguir duro sintiendo ese dolor! Pero ahí estaba, siendo absorbido por senpai, siendo arañado en su pecho por sus manos, siendo apretada su piel por sus dedos violentos, siendo aplastado por su cadera envuelto completamente por su carne caliente y pesada. Era un placer tan extraño, tan embriagante, el dolor mismo lo nublaba, ya había dejado de ser Morinaga, ya había dejado de amar a senpai, tampoco lo odiaba, simplemente estaba él en su mente, sólo él en su conciencia habiendo perdido la propia; y sólo él en su cuerpo que ya no le pertenecía porque había dejado de ser él, incluso dejado de ser humano para ser pene y sólo carne para esa otra carne, para ser él en él, perdido en él sin consciencia ni identidad, todo se lo había llevado el sexo, su interior, su mente, su consciencia, su pene era lo único que lo aferraba a una realidad y esa realidad era esa sensación que ninguna persona debería sentir, ninguna persona debería entregarse a eso si quiere mantenerse cuerda, mantenerse en su calidad de humano.

Pero él ya se había entregado, ambos, ya lo habían sentido y no había vuelta atrás. Habían probado lo que es entregarse hasta el punto de perderse a ellos mismos. Eso era el verdadero amor, el primero, el último, el absoluto que va más allá del mismo amor, del placer, del sexo, es ser nada en una sensación destructora que no deja simplemente: nada.
Senpai aceleró, probablemente ni él mismo se dio cuenta, había tomado su pene con una de sus manos, se masturbaba brincando sobre Morinaga, como un animal, sólo instinto chocando contra las sensaciones, en busca de más y más intensidad. Murmuraba bajo y entrecortado “no….no….” aunque no oía sus propias palabras como si su mente lo llamara a no inclinarse a esa última sensación aniquiladora, pero el mismo senpai se había perdido, y su cuerpo se movía solo y desesperado, su mano se aceleraba a pesar del dolor, las clavadas, la electricidad quemante, ambos estaban destrozando sus penes pero no podían detenerlo, era simplemente más grande que ellos y sollozando “no” senpai se corrió ¿cuántas veces se había venido en esos días? Su pene adolorido apenas goteo algo de semen, estaba ya vacío por lo que fue aún más doloroso, una clavada atravesó todo su pene ¿cómo describir esa sensación? Si hubiera estado consciente hubiera sentido miedo, miedo de haberse destrozado el cuerpo, de haber despedazado su mente en esa sensación, tanto dolor con cada gota de semen expulsado, pero también quería más, algo tan fuerte no podía terminarse, no, era más grande, más eterno, no podía descender después de haber llegado  ese punto.

Pero cayó, sobre un Morinaga adolorido y temblante, que casi también sollozaba porque sentía que senpai lo estaba matando.
Pasaron unos minutos donde ambos respiraban agitados, temblando, adoloridos. Morinaga abrasaba a senpai con los brazos débiles y temblantes, mientras senpai poco a poco volvía en sí mientras seguía sollozando sin tristeza, envuelto en el aroma tan deseado de Morinaga.

Volvían en sí lentamente, teniendo miedo de todo lo que habían sentido en esos pocos minutos de brusquedad ¿cómo sentir algo así, hasta ese punto? Debían estar locos.
- se-senpai… - lo llamó temblante Morinaga -se-senpai…

Éste se hundió en su cuello, escociéndose de él, pero envolviéndose también en Morinaga.
- senpai… - ahora Mori estaba más sereno, seguía dentro de senpai, seguía con todo ese peso de dolor y locura pero… no se había perdido, también tenía miedo pero estaba seguro de algo… algo que lo ayudaba a resignarse a diferencia de senpai - senpai, yo te amo…

Pasaron unos segundos, senpai no sabía qué hacer, estaba lleno de sensaciones físicas pero eran tan fuertes que era como si su corazón se hubiera entumecido. Seguía sintiendo ese ardor y hubiera querido borrarlo, borrarlo y borrarse de todo, no sentir nada, ojalá pudiera eliminarse ¿por qué no podía mandar todo al diablo? Si hubiera podido dejar de sentir, ser él como un muñeco, no quería ser consciente de nada…
- senpai… - continuó Morinaga, ya respiraba en calma, aunque estaba algo nublado todavía - te arrepientes?...

No, no era eso, es que tenía miedo, tanto miedo, porque se había excitado, se había venido sobre Morinaga absorbiendo con placer demasiado obvio su expresión de dolor y de tortura entregada, porque había hecho y deseado ensuciarlo y herirlo, arañarlo marcando su piel, haciéndole sentir dolor, había querido tenerlo debajo de él, gimiendo de dolor y placer ¿de veras no se arrepentía? ¡quería hacerlo! Pero era tan evidente ese deseo, el sexo!
- u-un poco… - soltó al fin, tratando de centrarse, de aferrarse a la cordura.

- … je - senpai adivinó la sonrisa cansada de Morinaga. Pero no pudo reaccionar ante esta, Morinaga ya se había voltead con él incluido y de pronto senpai estaba abajo, con Morinaga mirándolo cansado, con ese sonrojo tan embriagante - es cierto… yo también, un poco. - lo beso, con pasión inesperada.

Entonces senpai se dio cuenta, Morinaga seguía dentro de él, seguía duro dentro de él.

CONTINUARÁ…. PRONTO de veras, XDDD
Nota: ¿hay alguna buena seguidora que me diga en qué día de la semana están senpai y Morinaga en este cap? xDDD irresponsablemente se me olvidó, pueden pasar tantas cosas (y caps) en unos pocos días!

miércoles, 20 de marzo de 2013

Absorbida por su oscuridad cap 2 (Hellsing) AlucardxIntegra


Subí este porque estaba casi listo, espero estos días terminar el cap de koisuru, ojalá el fin de semana, paz y amor! Este cap de Hellsing salió reloco xD

Absorbida por su obscuridad

capítulo 2

Algo que parecía una niebla negra comenzó a llenar la habitación, junto con un extraño frío que hizo estremecer a Integra. Las manos grandes de Alucard, aún en guantes, se posaron en sus antebrazos, parecía que de él provenía ese horrible frío porque sus manos estaban tan heladas… como las de un muerto.

- aún recuerdo… esa primera vez… - comenzó el vampiro, saboreando esa combinación entre excitación y humillación que le provocaba a Integra.

Ella no se movió, tal vez inevitablemente tembló, pero apretó sus dientes y puños tratando de mantener su dignidad, su orgullo… ¿por qué se dejaba arrastrar por él? ¿Aún podría detenerlo?

- ha sido… - Alucard acercó su boca a su oído, sus colmillos parecieron brillar a pesar de la neblina oscura - la mejor sangre que he probado…

Integra no pudo aguantar más, se zafó de las manos del vampiro volteando bruscamente, retrocediendo unos pasos.

- tú! - gritó, pero calló al instante ¿qué podía decir?

Alucard sonreía, degustando su visión, al fin ella parecía débil, débil, una víctima.

Ella retrocedió otro paso, había tomado la decisión de llamar a Walter, no podía ceder una vez más ante ese vampiro, no debía permitirse caer, debía salvarse. Pero cuando estaba a punto de abrir la boca en un grito severo para llamar a su segundo más importante servidor, Alucard notándolo se expandió en sí mismo como una gran masa negra y viscosa envolviendo a Integra, que sólo pudo dejar salir un grito ahogado, mientras veía aterrada esos ojos rojos y negros, lo único más cercano a lo humano que había quedado en esa forma…

Cuando volvió a abrir los ojos, toda la habitación había dejado de ser suya para ser Alucard, sí, todo era una especie de carne roja y viscosa, las paredes, el techo, desaparecidos los muebles y los demás detalles, todo era Alucard y ella estaba atrapada.

- Te ves asustada, Ama - susurró el vampiro, que estaba ahora vestido completamente de negro, con una cabellera igualmente negra que llegaba hasta el suelo pero que de cierta forma parecía tener vida propia al flotar un poco y moverse lentamente, esto sumados a la palidez de su cara y manos de uñas largas, hacían que sus ojos rojos resplandecieran más que la habitación misma.

- …. - Ella no dijo nada, trató de ponerse de pie pero no pudo, su barbilla comenzó a temblar, y se preguntó cuánto tendría que aguantar esa noche, cuánto duraría hasta perder el conocimiento.

Él se acerco lentamente, abriendo su boca dejando ver unos dientes de bestia, como si todos sus dientes fueran colmillos afilados, y su lengua era larga, grande, roja, estaba degustándola con la mirada, y su lengua se movía como saboreando esa visión.

Integra bajo la vista, su rostro alterado temblaba al tratar de mantener su dureza, inútilmente.

- nunca se ha acostumbrado a estar en mi interior - dijo sereno el vampiro, agachándose frente a ella, acercando su rostro frío a ese tan caliente, tan sangrante para Alucard.

Puso una de sus heladas manos sobre la mejilla de su ama, obligándola lentamente a mirarlo, era aterrador, Integra nunca había podido sostener mucho tiempo su mirada en aquellos ojos fríos pero no crueles, no crueles ya, más bien, perversos.

- los humanos… - dijo Alucard como pensando en voz alta, pero lo demás lo dejó para sí, había juntado su boca con la de Integra, ella tembló por el frío de muerto de esos labios blancos. La lengua monstruosa del vampiro se hundió en la garganta de Integra y sus dientes afilados dañaron su lengua, eso no era un beso, no podía ser un beso, era un ataque, era una forma más de ser devorada.

- cof, cof, - trató de luchar, pero sus fuerzas se habían ido e ignoraba si era por los encantos demoniacos de Alucard o su propia, horrible, debilidad.

Su saliva tibia comenzó a escurrir por su mentón, mientras sus manos se apoyaban en ese pecho de pronto tan grande que la aplastaba, y un sabor extraño, entre amargo y ácido… debía ser el sabor de la muerte.

Al fin el vampiro pareció conforme y dejó su boca, saliendo su lengua punzante y grande lentamente de esa pequeña boca, dejando caer más saliva, mientras Integra tosía y tenía arcadas. La sonrisa de Alucard se extendió en su propia boca, aún abierta deslumbrada por sus dientes demoniacos y su lengua removiéndose, como si deseara jugar un poco más, pero era tiempo de algo nuevo.

Una de sus manos se acercó al pecho de Integra, y bastó que una de sus afiladas uñas se deslizara por su camisa entreabierta para rajarla lentamente, abriéndola así del todo. Ella se estremeció, sentía ese extraño miedo, ese sentimiento que la ha acompañado cada vez que él le hacía esto, así era al principio… luego simplemente sentía que era nada, que era devorada, así de simple, iba a ser nada en él, después de todo ella era consciente que sólo era humana.

Su rostro volteó en un reflejo involuntario, como si deseara dejar de verse a sí misma más que a Alucard… Eso sólo logró que él sonriera un poco más. Su lengua se removió fuera de su rostro pálido, sí, saborearla, era lo único que debía permitirse aunque deseara arrancar su carne a mordidas.

Comenzó entonces a pasear esa carnosa lengua por su cuello, por su vientre, casi por su cara mientras sus manos se posaban sobre los pechos aún protegidos por el sujetador. “Carne” susurraba, e Integra podía adivinar que sostenía esa sonrisa casi burlona mientras se estremecía y apretaba los ojos.

- carne… carne… carne…

- … - ella temblaba bajo esa lengua húmeda, bajo esas manos frías que la apretaban sin ánimo sexual sino más bien con el sentimiento del hambre.

Alucard se apegó a su cuello rosando peligrosamente sus labios en su delicada piel, hasta su aliento era frío, hasta esa lengua viscosa lo era, todo en él estaba muerto pero también lleno de deseo porque hasta los más oscuros sentimientos si son intensos pueden mover hacia la vida…

Cuando una de las uñas de Alucard rompieron su sostén dejando sus pechos libres y expuestos a sus ojos ella dio un pequeño gritillo, muy leve pero suficiente para el vampiro, oh… cuánto daría por matarla, no ha deseado matar a nadie tanto como a ella, en todos eso siglos… y la desea a ella, que apenas lleva algo más que dos decenas de vida pero que no es como nadie que ha conocido, nadie más tiene ese olor, ese sabor, esa sangre, esa alma…

La carne, esa extraña carne que envolvía a ambos comenzó de cierta forma a crujir, se removía más rápido, temblaba; Integra al notarlo abrió los ojos aterrada, miró a su alrededor, cómo las paredes se estremecían y bien adivinó qué significaba eso, vio a Alucard, se atrevió a volver a verlo frente a ella, sobre ella… él sonreía, sus ojos brillaban casi como si tuvieran vida y su lengua goteaba, sí, esas paredes eran Alucard y representaban cómo estaba llegando al límite aún si él es tan bueno para controlarse.

- hoy… - susurró el vampiro en un suspiro casi temblante. Ella se estremeció, sentía tanto miedo, porque cada vez era el riesgo de la muerte - será doloroso.

La niña que había dentro de Integra dio un grito que la adulta no hubiera permitido, pero ella también estaba al límite, del pánico, del horror, porque estaba rodeada de carne muerta, porque estaba rodeada de una niebla fría y negra, porque sobre ella estaba la bestia más monstruosa y perversa del mundo. No supo cómo logró levantarse y correr, correr a la nada porque no podía huir, era sólo histeria, y sentía sus pies en la carne húmeda, sus zapatos se enterraban en esa fibriocidad hundiéndose delicadamente, humedeciéndose…

En esos movimientos bruscos y rápidos que no la llevaban a nada, podía ver los ojos de Alucard siguiéndola siempre, por todas partes, sí, estaban ahí, en la carne que la envolvía, siempre mirándola, como la peor pesadilla, y su sonrisa jugosa, su lengua asquerosa goteaba de deseo, una sonrisa demoniaca. Él era feliz.

Y de pronto, la carne de las paredes, del suelo, del techo se estiran y ahogan sus gritos, es envuelta, exprimida, aplastada, humedecida y ensuciada, vuelve a desfallecer, lo último que ve son esos ojos, cientos de ojos, cientos de lenguas en ella, tantas, tantas que no quedaba espacio para su propia existencia.

Cuando despierta, el cabello de Alucard está sobre su rostro, sobre su cuerpo, y él en su vientre, entonces se da cuenta que está desnuda, rodeada de esa carne ahora tibia, pero él, él sigue frío, con su mejilla pegada a su vientre, con su lengua lamiendo su cadera, y sus manos en sus muslos. Parecía que la adoraba, que la deseaba hasta el punto de querer destruirla en su adoración, porque era carne viva lo que saboreaba, lo que tenía en sus manos, carne viva, caliente, con sangre inalcanzable para él ¿qué mayor excitación que lo inalcanzable en tus manos?

Ella tembló un poco, pero sólo un poco, de pronto ya se sentía tan cansada que su mente pudo volver un poco a la claridad, pero no dijo nada, no se atrevió a decir nada, sólo aceleró su respiración viendo esa cabellera fina y negra, sintiendo ese frío sobre ella, ese aliento ansioso golpear su piel.

Él lo supo, levantó la mirada, sus ojos eran más rojos que nunca, más perversos y bellos que nunca, y sin meter su lengua en su boca dijo sin problemas

- dame de tu calor, dame de tu vida - pero su voz no se oía, ella lo escuchó, lo entendió pero era como oír el viento, como una ráfaga, como algo que se siente pero no se describe.

Apegó su pecho al de ella, su cadera blanca se abrió paso entre sus piernas sin ninguna delicadeza y tampoco sin ningún apuro porque sabía que ella ya le pertenecía.

- Ama… - susurró. Ella estaba resignada, ya estaba resignada aunque seguía teniendo miedo porque podría morir, pero se sentía tan cerca de la muerte que ya no hacía nada para evitarla, él era la muerte, e iba a entrar en ella.

Sus brazos de pronto cálidos la envolvieron, ella se tensó un tanto, apretó sus pestañas, sus puños a los costados de su espalda, de ese cuerpo entre negro y blanco, pero de piel, sí, era piel al menos, podía pensar que era un poco humano.

Pero no lo era.

Algo extraño estaba entrando en ella, siempre dolía, siempre se sentía innatural, siempre al principio era frío hasta que ella le daba calor, era algo monstruoso, era Alucard.

- ah-ahh! - ella se estremeció, era un dolor horrible, como su miedo, la desgarraba, pero él quería su sangre y no se iba a detener.

Y levantó un poco su cabeza, para quedar apegado a su rostro, y rosando su fina nariz contra la de ella, sonrió, con una satisfacción completa, porque ella sufría, porque ella estaba aterrada y sentía asco de esa sensación, de ese espacio, de su cuerpo en él.

La carne que se apegaba a su espalda comenzó a estirarse, la envolvía, ella comenzó a llorar, de dolor, de miedo y desesperación. El techo comenzó a bajar, lo veía tras la cabeza de Alucard, se acercaba, se acercaba y respiraba porque ese techo también era Alucard, y las pareces que la envolvían, que oscurecían todo ese rojo sangre. Él lamió sus lágrimas sonriendo, siempre sonriendo.

Las paredes comenzaron a hacer sonidos, una especie de gruñidos monstruosos mientras la envolvían, la apretaban, le abría las piernas, le hacían crujir los huesos al apretarla tanto, dejarla sin aire para que sus gritos sonaran más desesperados al ahogarse.

- argh! Argh! - parecía un pequeño animal a punto de ser reventado, con los ojos abiertos exorbitados, histéricos, con su cara deforme en una mueca desfigurada porque tenía adentro a la muerte, porque se estaba muriendo por dentro.

- ja ja ja ja ja! - él comenzó a reír, esa risa enloquecida, mientras se movía dentro de ella frenéticamente, agrandándose cada vez más - eres hermosa… ama!

Integra lo abrazó, sin fuerzas, cuando se quedaba sin aire, cuando creía que era el máximo dolor que sentía. Alucard volvió a sonreír, mirándola, degustándose, preguntándose por qué los humanos se aferraban a la muerte cuando llegaban al límite del dolor.

- siempre… - dijo con voz más tranquila - es como la primera vez.

Él la siguió apretando, ella estaba envuelta del todo pero ahora podía respirar, tosía con la lengua de Alucard en la garganta, tenía fuertes arcadas y lloraba, las lágrimas ahora se deslizaban como indiferentes por sus mejillas, por esos ojos ahora cansados, escurriéndose por su nariz, uniéndose a la saliva que caía por su mentón. Y Alucard degustaba todo eso con su lengua, lamiendo su rostro, su cuello y pecho, mientras seguía entrando en ella, mientras seguía creciendo en su vientre sin límites.

- nunca dejaré este gusto… - susurró con su lengua más larga que nunca, colgando entre sus senos, pero cada palabra era pronunciada perfectamente - el de empalar.

Eso la hizo despertar, trató inútilmente de removerse, pero estaba completamente envuelta, completamente apresada, todo era Alucard y la estaba consumiendo.

Su lengua entro más profundo por su boca, se estiró dentro, ella no podía respirar mientras su mirada exorbitaba suplicaba a esos ojos satisfechos de Alucard, tan cerca de ella, tan apegado a su cara. Integra podía sentir cómo bajaba esa lengua enorme por su garganta, y más abajo, ahogándola, impidiéndole incluso el vómito que le provocaba. Empalada. Atrapada en su interior, sin poder moverse, llena su vientre, comprimido el útero y lo largo de su esófago, eso era el empalamiento.

Y cuando se sintió llena, cuando pensó débilmente en su mente nublada y perdida que iba a explotar en miles de pedazos, cuando ya no veía nada a pesar de que todo era Alucard sintió algo extraño, algo le venía por dentro algo que era provocado por el monstruo de Alucard en su interior… estaba viniendo, sin parar, agrandándose con él, llenándola con él, desapareciendo su humanidad. No podía creer que pudiera tener un orgasmo con tanto dolor, con tanta degradación, aún si no quería sentir el más mínimo placer, pero no, eso que venía,q ue la iba a destruir no era placer, era algo más, algo más fuerte, más intenso ¿la muerta?

Y explotó, no fue consciente de nada, tampoco sintió el miedo que da la muerte, la inseguridad del no volver a despertar. Su cuerpo también había quedado borrado, no sintió las lágrimas, ni el vómito, ni la falta de aire, ni siquiera la sangre mezclada con orina que le corría por las piernas. Sólo fue un hecho, un cuerpo destruido, perdida el alma.

Se desmayó una vez más, para ella fue la muerte, una momentánea muerte que la salvaba de él por unas horas, de la consciencia de ser devorada, porque en realidad Alucard iba a continuar en su cuerpo, dentro de ella, destruyéndola por dentro y por fuera, devorándola interminablemente… hasta que decidiera que nuevamente era tiempo de sus lágrimas, de su vida, de ella, y entonces, continuar, siempre continuar.

CONTINUARÁ
Comentarios a shicakane@hotmail.com si quieren xD

miércoles, 27 de febrero de 2013

Animando un evento friki x3

Bueno, terminé siendo animadora de un evento veraniego de animé, videojuegos, cosplay, karaoke entre otras cosas. El evento duró dos días y desde las 9 de la mañana a las 9 de la noche no paré de hablar, gritar, reír y animar propiamente tal como animadora oficial de dicho evento, la pasé muy bien aunque terminé difónica, pero no importa xD vale la pena!

Ahí estoy camuflada de espalda en el escenario xDD



miércoles, 13 de febrero de 2013

Piedra callada de Marta Brunet


Reseña:
A pesar de haber rechazado a su hija tras casarse sin su consentimiento, una abuela hace lo que sea por sus nietos.
 

Cuando Esperanza dijo que quería casarse con Bernabé, la madre, en respuesta, le dio una paliza, manera bastante simple, pero que ella estimaba infalible, para quitarle la idea de la cabeza. La muchacha no dio un grito y en cuanto pudo escapó a contarle a la patrona sus cuitas.

- ¡Hasta cuándo no me va'ejar casarme! Cada vez que tengo un pretendiente me lo espanta. Al mocetón de los Machuca lo corretió a lo qu'es piedra de honda. Y sin contar con las apaliaduras que me da. Hable su mercé con ella y llámela a razón. Ando en los veinte años. ¿Es que me quere ejar pa' vestir santos?

La patrona la miraba, vagamente reflexiva. No era extraño que tuviera pretendientes, linda, bien enseñada, casi como una sirvientita pueblerina, que siempre había vivido allegada a las casas, bajo su protección.

- Pero ¿qué te dice ella?

- Agora no me ijo na'. Me apalió no más. Pero otras veces ice qu'ella no mi'ha criado como una flor pa' que me coma el más burro. Cosas de veterana... Porque, al fin y al cabo, pue, patrona, yo no soy más que una huasita pa' casarme con uno d'estos laos.

- ¿Y quién te pretende ahora?

Esperanza vaciló un segundo antes de responder:

- Bernabé, el de los Villares, el más guaina, el que trabaja en el palo parao, en los cercos.

- Pero si es una bestia... - exclamó la patrona después de una pausa para recordar al mozo.

- Yo lo quero harto... Claro qu'es así, medio lerdo, pero güeno y trabajaor como ni'uno. D'esto puee dar fe cualesquiera en el fundo. Y sin vicios. Arreglao pa' toas sus cosas. Es lerdo no más. Eso es too.

La patrona la miraba en suspenso, sin saber qué resolución tomar, porque no era la primera vez que se le presentaba el caso, que la muchacha venía a pedir auxilio para defenderse de la madre, que no admitía más voluntad que la suya. Y no era posible que sistemáticamente se opusiera a que Esperanza se casara. Celos de madre que no tenía sino esa hija, viuda y bregando como una desesperada para criarla, ayudante del molinero al morir el marido, que por años sirvió este puesto, y desempeñándose ella con tal pericia que en verdad era quien dirigía los trabajos.

Ambición de madre que tal vez quería un hombre con mayores posibilidades para marido de la muchacha y no aquellos cachazudos peones que nunca serían otra cosa. Pero ¿dónde hallar ese marido? Su mundo, lógicamente, tenía que ser aquel de campo entre montañas. Su destino, casarse con un mocetón allí nacido. Tener un rancho propio. ¿Qué más? Sí, porque más que eso, que los mocetones hijos de los inquilinos, no había en el fundo hombre alguno soltero. ¿Dónde, entonces, encontrar un marido para Esperanza, que en verdad era superior inmensamente a su medio?

Y cansada de haber cavilado tanto sobre un asunto que le importaba un poco, no mucho, no estaba segura si mucho o poco, la patrona hizo una pregunta que creyó definitiva:

- ¿Pero tú estás segura de querer a ese Bernabé?

Esperanza hizo el gesto clásico de arrollar y desarrollar la punta del delantal y contestó sin ambages:

- Patrona, de toos es el que más hei querío. A los otros los hei querío así no más. A éste lo quero harto. Es güeno y me quere harto tamién. Claro qu'es lerdo... -concluyó con apuro, porque la patrona la miraba sostenidamente, como si quisiera verle el fondo del alma. Y en realidad no la miraba, entregada, como siempre, a sus propios vagos pensamientos.

- Bueno, bueno. Hablaré con tu madre.

- Claro que su mercé - y se puso muy zalamera y era así un encanto, con los ojitos pequeños y muy rebrillosos, y con dos hoyuelos que se le marcaban en las mejillas tan de melocotón pelusiento, y tan arremangada la nariz, y por boca un mohín de niña que se sabe linda y especula con su lindeza-- podía irle iciendo al patrón que nos diera rancho, porque así mi mamita no hallaría tanto que icir y ya teniendo rancho seguro, a Bernabé no lo miraría en menos naiden y es claro que too andaría al tiro mejor... Su mercé se lo ice al patrón, ¿no?

- Sí, sí... Ya te conozco... Con lo buena que eres para los arrumacos... Ándate tranquila...

Se quedó pensando, así, yendo de una a otra nebulosa de ideas, que era su manera de pensar, que tal vez podía llevarse a Esperanza a la ciudad como sirvienta, o mandarla a la escuela, o que ayudara a la enfermera que cuidaba a su madre. Hizo un gesto con la mano, como si borrara algo frente a los ojos. No, resultaba aquello mucha responsabilidad. Con lo linda que era la muchacha... A lo mejor, en vez de casarla... --y de repente pensó en el chofer, tan excelente hombre, que tenía su hermana, soltero, que podía enamorarse de Esperanza y casarse con ella--; si, en vez de casarla, pasaba cualquiera de esas cosas feas, que se cree que sólo existen en las novelas o en los films y que de repente se hallan también en la vida... Y la madre, la vieja Eufrasia, no iba nunca a dejarla irse, así fuera con ella. Y es claro que con la vieja Eufrasia y con Esperanza no iba a cargar. Aunque a lo mejor la vieja servía para lavandera o para hacer dulces o para abrir la verja cuando llegaban los coches. Volvió a hacer el gesto de borrar algo ante los ojos, algo que estaba allí sin forma. Y terminó por irse muy de prisa a su habitación, que de pronto recordó que era la hora del episodio radial tan lleno de inesperados acontecimientos.

Por cierto que olvidó hablar con Eufrasia. Pero Esperanza vino a la tarde siguiente y no cejó hasta conseguir que llamara a la madre y tuviera con ella una explicación. De la cual no se sacó nada, porque ese día la patrona estaba más en las nubes que de costumbre, perdida en su limbo, y la vieja quedó triunfante con sus respuestas y sus argumentos.

Era una vieja alta, huesuda, con el perfil corvino y una boca fina, apretados los labios y el inferior sellando una voluntad que sabía su meta, pero que sabía también llegar a ella por atajos, gateando, entre largas esperas, si el camino derecho se ponía dificultoso de obstáculos.

De regreso al molino, sin mayores explicaciones, le dio una paliza a Esperanza. Con lo que ésta entendió que tenía que buscar otro apoyo si quería casarse con Bernabé.

Fue entonces a verse con el patrón, estampa de viejo cuño, señor que parecía la réplica del abuelo que guerreara en la Independencia. Le dijo Esperanza lo mismo que ya le había dicho a la patrona. E inmediatamente el patrón hizo venir a Eufrasia. Diez minutos después salía del escritorio una vieja asequible que se cruzaba con Bernabé --también mandado a llamar por el patrón--, al que saludaba con frío comedimiento:

- Güenas tardes.

A lo que el hombre sólo atinó a contestar con un gruñido ininteligible.

Adentro el patrón le dijo:

- Bien. La Eufrasia está conforme con que te cases con la Esperanza. Eres serio y trabajador. Como el casado casa quiere, te voy a dar el rancho de don Valladares en la laguna. Valladares quiere venirse para acá, para estar cerca de la escuela y educar a su parvada de chiquillos, deseo que me parece muy sensato. Te casas y te vas para arriba. El rancho es nuevo. Y allá tienes trabajo para años, que todavía queda por cercar todo ese lado que linda con las termas. Ya hablaré con el administrador sobre las condiciones en que te irás. Y ahora a ser un hombre cabal y a portarse muy bien con la Esperanza.

Contestó Bernabé con otro gruñido ininteligible, dio dos o tres vueltas a la chupalla entre sus manazas, agachó la cabeza y como embistiendo se dirigió a la puerta. Parecía casi rectangular, con los hombros horizontales y unos enormes pies cuyas puntas se volteaban hacia afuera, colgantes los brazos y todo él anudado de fuertes músculos. Sobre ese cuerpo de gigante, la cabeza pequeña, redonda, se alzaba sobre el cuello desproporcionadamente delgado, con la nuez enorme y temblona. Una frente estrecha, el pelo duro de escobillón, unos ojillos sesgados y apenas lucientes bajo los pesados párpados cautelosos, una boca de labios gruesos, un cutis lampiño y entre todo ese conjunto negativo en que el espíritu parecía no hallar albergue, la inusitada belleza de unos albos dientes brillosos.

Al llegar al molino, Eufrasia dijo fría y firme a la hija, que la esperaba recelosa y ansiosa:

- El patrón quere que te casís con Bernabé. Te podís casar cuando se te antoje. Pero desde ese día no tenís más madre.

Fue un corto noviazgo entre los hoscos silencios de Eufrasia, la cháchara de pájaro enloquecido de sol de la hija y el otro silencio del hombre, presencia que enardecía en ira a aquélla y que para Esperanza significaba dos oídos atentos a sus palabras, la aceptación de todos sus propósitos, una defensa latente para - ¡al fin! - realizar su voluntad, haciendo caso omiso de la madre.

Bernabé fue al rancho, ya desalojado por don Valladares. Volvió diciendo, con sus pocas palabras tartajosas, que estaba muy bien, que no necesitaba arreglo alguno, que el menaje que llevara a lomo de mula había llegado "sanito".

Se casaron en el pequeño pueblo cercano, y ahí mismo --tan sólo los habían acompañado los testigos y padrinos, que Eufrasia fue terminante para decir que no quería festejos-- enrumbaron los recién casados para el rancho, junto a la órbita azul de la laguna, entre las estribaciones de la cordillera.

Eufrasia se hizo más dura, más recóndita, más ahincada en su trabajo. Nada se sabía de la nueva pareja. La laguna quedaba en un extremo del fundo. El camino era tan sólo transitable hasta cierta altura por vehículos, y desde ese punto en que se entraba de lleno por desfiladeros entre montañas vírgenes, había una huella para caballares, tortuosa, vadeando torrenteras, yendo de uno a otro lado del río que lentamente cobraba caudal, hasta llegar al fondo de aquel anfiteatro de picachos, arremansándose para formar la tersa extensión de la laguna. De un lado la bordeaba la montaña, espesa, caída hasta dentro del agua; del otro se abría un angosto valle, y allí, en un altozano, estaba asentado el rancho, edificio de madera, chato, rodeado de cobertizos y casillas. La laguna parecía ciega. Pero en un extremo las montañas curvaban un recodo, se abrían estrechamente en un tajo y por ahí, fragorosamente, entre líquenes y enredaderas, en un ambiente de verde humedad, el agua se arrojaba precipicio abajo para, sobre el fondo de un nuevo cauce, seguir su tumultuosa búsqueda del mar.

Del lejano rancho no podía nadie traer noticias. Eufrasia parecía no aguardarlas. Nunca mentaba a la hija. Con un sordo rencor hacia ella. Con un sordo resentimiento hacia los patrones, que le impusieran ese matrimonio. Que fuera feliz o desgraciada le era igual. Se abroquelaba en esa indiferencia.

- No me importa... No me importa na'... Que sufra si es que tiene que sufrir... ¿Pa' qué se casó? Ella bien sabía lo que hacía...

Pero el "Que sufra..." era la repetida cantinela de su corazón, ritmo de su sangre, rueda como la del molino, jamás detenida y siempre moliendo renovado grano.

Ni siquiera tenía Bernabé necesidad de venir a las casas para proveerse, porque en aquel fundo enorme, encomienda que fuera en tiempos coloniales, había cinco mayordomías bajo el mandato de una administración general y el hombre estaba ahora a las órdenes del mayordomo de la hijuela Primera y allí debía llegarse para su abastecimiento y todo lo concerniente al trabajo. Hacía un viaje cada tantos meses. Y una vez al año el mayordomo iba hasta la laguna para echar una mirada a los cercos. De las venidas de Bernabé a la hijuela Primera poco se sacaba, que el hombre seguía siendo callado y a las preguntas contestaba con atropelladas palabras y no muchas. Era el mayordomo el que traía noticias:

--¡Tá de canija la Esperanza! ¡Parece palo di'ajo! Con tanto chiquillo, también, no es pa' menos. Y sin salir nunca del rancho. Trabajaora, eso sí, lo mesmo qu'él. ¡Bestia igual no si'ha visto! Viera, vieja, el muelle que si'ha hecho en la laguna y un bote de lo más encachado, y como hay tanta pesca, se las arregla lo más bien pa' tener toos los días su caldillo de trucha o de salmón. ¡Viera! Y el rancho lo más acomodao. Porqu'ella es tan señorita, la Esperanza, da gusto. Si no estuviera tan flaca. La mocosa mayor es igualita a ella, a la Esperanza: los mesmos ojos y lo mesmito e donosa...

La mujer del mayordomo, doña Cantalicia, inventaba viaje a las casas, especialmente para contarle estas novedades a Eufrasia. Que apretaba los labios, remarcando ese gesto que la semejaba a una máscara voluntariosa; que endurecía el filo de la mandíbula, cerrando con el labio inferior el otro desaparecido bajo su presión. Pero no hacía comentario alguno, para grande enojo de doña Cantalicia.

"Porque hasta a las bestias les debe gustar saber de sus crías...", se decía muy alborotada por dentro. Y se desquitaba en interminables chácharas con el otro mujerío de las casas.

Eufrasia cumplió treinta años en el molino. ¡Treinta años! Una vida. El patrón la llamó y con su manera recta y sin discusión, le dijo que se la jubilaba con sueldo íntegro y que podía elegir entre seguir en el molino, en el departamento que había ocupado siempre, pero sin intervención alguna en el trabajo, o vivir en las propias casas de los patrones, en algunas piezas que le destinaríany haciendo lo que quisiera. ¡Que bien ganado tenía el derecho al descanso!

- No estoy cansá. No preciso descanso - protestó, agregando en seguida, rápidamente--: Pero si su mercé ha dispuesto ya lo que quere qui'haga..., no hay más que agachar la cabeza y decir amén...

- ¿Quiere quedarse en el molino?

- Pa' mí el molino es el trabajo. No tengo pa' qué quearme allá si voy'estarme mano sobre mano.

- Hable entonces con mi mujer y arreglen el traslado. Hay dos piezas en el último patio, que le serán cómodas.

- Gracias -dijo la vieja secamente, y obligándose a una mayor amabilidad, añadió -.Muchas gracias por too.

Se instaló en esas dos piezas que le asignaban. Pasó días de días hoscamente encerrada en ellas y en sí misma. Pero al cabo empezó a abandonar su rincón y a tomar parte en las actividades de la enorme casa. Un día, sin que nadie se lo pidiera, limpió, sin ayuda alguna y en la forma más prolija, todos los vidrios de la galería. Otro se fue con un colchón a cuestas hasta un extremo del patio y allí organizó un verdadero taller, escarmenando lana, lavando telas, rellenando, cosiendo. Apenas daba término a una de estas labores, oteaba por la casa y sus dependencias hasta dar con otra.

Los años no le desgastaban la energía. Esos mismos años que en los demás habían ido acentuando características, y así la patrona, dulce y distraída, exclamaba al verla trajinando, con un acento cantante como ritornelo:

- ¡Qué perla es esta Eufrasia! ¡Qué perla es esta Eufrasia!

De regreso de sus paseos a caballo, al caer la tarde, el patrón solía encontrarla ayudando a rodear los chanchos o los terneros, manejando la honda para avivar a los rezagados:

- ¡A ése, Eufrasia! ¡Buen tiro! - y con una de sus súbitas sonrisas agregaba con la voz autoritaria que no resquebrajaba el tiempo -: Pero no ponga piedras grandes, que de repente va a dejar rengo a un animal...

Un día llegó doña Cantalicia. Como siempre, con su alforja de novedades.

- La Esperanza tá harto enferma. Tanto chiquillo y tanto aborto, no es pa' menos, así ice mi viejo. Y Bernabé no quere saber na' de llevarla pa'l pueblo pa' que la vea el doutor. ¡Tan bestia el pobre! Con razón usté no fue gustaora d'este matrimonio. Pero el caso es que la Esperanza tá en los puros güesos; a veces pasa días sin poder levantarse, y cuando se levanta, anda a la pura rastra no más. Yo sé que a usted no le gusta na' que li'hablen d'estas cosas, pero a mí se me le hace pecao no venir a icírselas.

- Gracias por lo comedía - contestó Eufrasia, y se volvió de perfil, dando por terminada la conversación.

Aquello le hurgaba adentro como un cominillo: "Enferma... En cama... A la rastra..." Pero se volvía furiosa consigo misma y se imponía la vieja frase rencorosa: "¡Que sufra! ¡Que sepa lo qu'es güeno!... ¡Que se friegue..." Pero la frase no podía tomar su antiguo ritmo de estribillo, ahogada por las olas de inquietud, cada vez más fuertemente repercutiendo en su interior, acantilado en tormenta.

Poco tiempo después la llamó el patrón.

- Mire, Eufrasia, me avisa el mayordomo de la hijuela Primera que Bernabé pasó para el pueblo con la Esperanza enferma. Está en el hospital. Los chiquillos quedaron solos en el rancho. Creo conveniente que se vaya a cuidarlos.

- Yo no voy onde naiden me llama...

- Pero va donde la manda su patrón. - Se hallaron sus ojos y la vieja al fin desvió los suyos, como siempre, ante esa voluntad de hombre y de señor.

- Tá bien, patrón.

- Arregle sus cosas. Ya di orden para que mañana al alba vaya un mozo a dejarla. Se van en cabriolé hasta la hijuela Primera, de ahí siguen a caballo y llevan su equipaje en una mula. Vea allá cómo están las cosas, quédese el tiempo que estime conveniente. Ya hablé por teléfono con el mayordomo para decirle que advierta a Bernabé que usted estará cuidando a los niños por orden mía.

- Gracias - pareció aliviada, como si las olas que continuaban pegándole en el pecho se hubieran de pronto vuelto mansas. No habló una palabra más.

El mozo que hizo con ella el camino la miraba de soslayo, un poco incómodo con esa compañía silenciosa, admirado al propio tiempo por la entereza de Eufrasia, que aguantaba barquinazos, polvo y viento, calor, sed y fatiga, sin una protesta.

Doña Cantalicia tenía noticias nuevas.

- Mi viejo telefoneó pa'l hospital, por orden del patrón, no se le imagine que por novedosear nosotros. Habló con la Madre Superiora, que le'ijo, después de muchas demoras pa' consultar al doutor, que a la Esperanza tenían que operarla del interior, usté sabe, y que icía el doutor que una vez que la operaran tenía por lo menos pa' un mes de cama y que después d'ese mes él vería si la ejaba o no irse pa'l rancho. Que no es bien grave lo que tiene, pero qu'es grave.

La vieja apretó los labios, presentó el perfil por sobre el cual sintió que pasaba un hálito de pozo, y no dijo nada.

No parecía haberle hecho mella el cansancio al llegar a la laguna. Inmediatamente ordenó el revoltijo que era todo, sucio y despatarrado. Empezando por Venancia y los cinco hermanitos. Que, llenos de azoro, no sabían qué actitud tomar ante esa abuela que aparecía sin anuncio previo y de cuya existencia tenían tan vagas noticias. Una abuela que los miraba sostenidamente, que sobre la cabeza de cada cual fue poniendo, una mano con gesto que no alcanzaba a ser una caricia, sino una especie de toma de posesión, a la par que le preguntaba el nombre. En seguida examinó rancho y dependencias y empezó a dar órdenes, a trabajar ella misma, con ese método que obraba el milagro de la rapidez.

Antes de irse, al amanecer del otro día, el mozo vio un rancho en perfecto aseo y unos chiquillos limpios y sumisos al mandar de la abuela. Y llevaba una lista de cosas absolutamente necesarias, lista que Eufrasia enviaba al patrón con una carta, pidiendo que se las comprara a su propia cuenta y que por favor se las hiciera llegar en seguida. A más de otras cosas de su propio menaje. Y el patrón entendió aquello e hizo que el mozo volviera con una recua cargada. Así fue cómo los niños por primera vez vieron una máquina de coser y cada cual durmió en su cama y tuvieron ropa a la que se pudiera llamar tal y no andrajos.

Una semana después llegó Bernabé. Ya había digerido, pero malamente, la noticia que le dieran en la hijuela Primera. Saludó con un gruñido a la vieja. Que le contestó con otro similar. Y se quedaron mudos, pensando el hombre que no le hablaría de la Esperanza si ella no le preguntaba, empecinada la vieja en no preguntar nada si él no daba espontáneamente noticias.

Fue Venancia la que intervino.

- ¿Tá mejor la mamita?

- Tá mejor, más aliviá - y no agregó otro detalle.

- ¿Se levanta ya?

- No..., y no más preduntas. Cébame un mate...

El hombre paseaba por el rancho una lenta mirada de soslayo. Parecía aquello como cuando la Esperanza estaba sana, en un tiempo tan lejano que no alcanzaba a precisarlo. Cuando recién se casaron. Por ahí... Y no había tanto chiquillo. La verdad era que los chiquillos lo habían arruinado todo. Porque la culpa de la enfermedad de la Esperanza la tenían los chiquillos, tantos chiquillos. Parir y parir. ¡Pobrecita!... Y le temblequeó la nuez en una súbita emoción. Lo que faltaba era que fuera a morirse no más. Estaba tan flaquita, tan blanca, tan sin fuerzas cuando se despidió de ella. El doctor le había dicho que volviera a verla pasado un mes. Bueno... Así era la vida... Y la vieja ahora en el rancho. ¿Por qué el patrón se metía en cosas que no le importaban? ¿Por qué había mandado a la vieja al rancho? Su rancho era suyo. Faltaba más... Echó otra mirada en contorno, sostenida, deteniéndose en cada cosa. Cuando llegó a la máquina, sin volverse, dijo despaciosa y trabajosamente:

- Parece que se trajo toas sus pilchas. ¿Qué se le imagina que va a vivir pa' siempre en el rancho?

- Mientras el patrón no mande otra cosa...

El hombre masculló algo y siguió mirando.

También era cierto que él, solo con la chiquillería y con aquella Venancia que no sabía hacer nada, tan quedada para todo, tan sin asunto...

Miraba ahora, ceñudo, el candil que la vieja encendía.

- No soy gustoso d'esos lujos - dijo atascado con las palabras más que nunca, porque estaba furioso.

- Los pago yo - contestó la vieja firmemente.

Una semana después vino un recadero de la hijuela Primera. Habían avisado del hospital que Esperanza estaba gravísima. Partieron ambos, el recadero y Bernabé y días después regresaba el hombre, como si de golpe la cabeza se le hubiera enterrado entre los hombros y los brazos colgantes. Esperanza había muerto.

La vida giró por un tiempo en torno a la ausente. Se hablaba de la "difunta", los niños tenían largas confidencias con la abuela y hasta el hombre, alguna vez en que el recuerdo lo ahogaba, decía algunas palabras en que volcaba su tristeza.

Pero en la abuela el reconstruir lo que había sido la existencia de Esperanza en esos años, hecho a través de las historias interminables de los niños, se convirtió en palos, virutas, estopas, montón al cual ella sentía, con una especie de frío miedo, que en cualquier momento iba a prender el fuego de su viejo rencor, que era ahora odio por el hombre.

Decía un niño:

- Allí, en la montaña, ebajo del roble con copigües, enterraba el taita a las guagüitas.

O decía Venancia:

- Si se lo pasaba encima d'ella y despué era el lamientarse porque s'embarazaba.

Y otro de los niños añadía:

- A veces ella lloraba harto y gritaba. ¿Te acordái?

- Y la vez que la Venancia jue y le gritó: "Ejela, éjela, no ve que s'está muriendo".

- Y la tunda qu'él le dio.

- ¿A quién? --preguntó la abuela.

- A la Venancia, pus, por intrusa.

Eufrasia no hablaba de irse. Bernabé no decía que se fuera. De las casas no había noticia alguna.

Empezó el invierno. Viento que bajaba de la cordillera, afilado y silbante, cortando las hojas y burlándose de las desnudas ramas de los árboles. No se oía el insistente barullo de las cachañas y tan sólo algún lento pájaro de presa rayaba el cielo con la rúbrica amenazante de su vuelo. Pájaros que no contaban con Eufrasia, su honda y su prodigiosa puntería que los alcanzaba, y era entonces la algarada de los niños buscando el ave muerta por valle y montaña.

Las nubes llegaban del norte, negras, grises, blancas; se confundían, hacían y deshacían arquitecturas monstruosas, se iban. Pero a veces se amalgamaban hasta formar una sola nube gris y baja, y entonces la lluvia caía, persistente, interminable, desesperante. Aclaraba; apenas si había un día, dos, tres a lo sumo, de bonanza, y de nuevo empezaba el juego del viento y de las nubes, hasta que otra tormenta hacía desaparecer en los hilos de lluvia la montaña y la laguna, aislando a la familia en el encierro del rancho, en lentas, interminables horas, días, semanas, indistintos, abrumadores hasta la atonía.

Para la abuela siempre había actividad. Quehaceres domésticos. Costuras. Tejidos. Enseñar a los niños. El hombre se iba a uno de los cobertizos y con el hacha en un constante revoleo brilloso, picaba leña para el hogar, que debía mantenerse siempre encendido, evitando que el frío se metiera en los huesos hasta entumecer. Pero todo trabajo cobraba mecanismo. Se hacía sin gusto, sin disgusto también. Se hacía. Lo demás era el tozudo caer de la lluvia, el grito del viento, el retumbo de un árbol derribado en la montaña. Y esperar que la lluvia se hiciera menos agresiva, que la rastra del viento sur se llevara los nubarrones.

La peor tempestad empezó dentro del rancho una tarde en que la abuela dijo:

- Cuando usté se güelva'casar... - mirando al hombre bien de frente.

Bernabé removió la cabeza, tortuosamente en los movimientos y en las ideas.

- ¿Golverme a casar?

- Sí, es claro. Un viudo no sirve pa' na'. Usté es joven entuavía. Un hombre con rancho tiene que tener mujer propia.

- ¡Je! --gruñó, quedándose perplejo.

- Ya le tendrá echao el ojo'alguna - continuó la abuela, liando un cigarrillo.

- Las cosas...

Pero Eufrasia cometió la imprudencia de mostrar sus cartas.

- Por los chiquillos no s'aflija. Yo me los llevo pa' las casas a toos, a la Venancia tamién, y usté quea librecito, mesmamente que si juera soltero.

El hombre terminó despaciosamente de sorber el mate y se lo entregó a Venancia, que, de pie, aguardaba inmóvil.

- Los chiquillos son míos y del rancho no se los lleva naiden. ¡Faltaba más!...

- Pa' usté sería una ventaja...

- Ya le ije que los chiquillos no salen del rancho. ¿Entiende?

Eufrasia terminó despaciosamente de liar el cigarrillo, agarró las tenazas y sacó un tizón del hogar, haciendo nacer una súbita pirotecnia que iluminó sus facciones de tierra dura y resquebrajada, como de secano.

- ¿Y usté se le imagina que va'hallar mujer que quera enterrarse en estos andurriales, pa' hacerse cargo, más encima, de seis chiquillos? Las cosas...

Por el pecho del hombre empezó a crecer la violencia, como algo vivo que le anduviera en la sangre, que temblara en sus músculos, que refulgiera en la mirada torva fija en el fuego.

- Y usté no es hombre pa' pasarse sin mujer. Lo que me parece raro es qu'entuavía no haya salío a buscar alguna. Claro que otra como la Esperanza no va'hallar...

La oía sin entender el sentido exacto de todas las palabras, ensordecido por la violencia que ahora le golpeaba en el cerebro. De repente sintió, sí, la necesidad de hacer algo: remecer el rancho hasta destruirlo, agarrar a la vieja y echarla de cabeza a la laguna...

Bruscamente una de sus manos se extendió haciendo saltar el mate que Venancia le ofrecía.

--¿Quere callarse? ¿Quere callarse su boca? ¿Quere no meterse en lo que no l'importa?

Eufrasia se volvió de perfil, apoyó los codos sobre las rodillas, juntó las manos dejándolas caer casi hasta tocar el suelo y se quedó muda e inmovilizada, con el cigarrillo colgando en un ángulo de la boca, adherido allí, y de pronto marcando la punta roja de su fuego.

El hombre movía la cabeza de uno a otro lado, mascullando palabrotas, echando aviesas miradas de furor en contorno. Venancia recogió el mate, rodado en un rincón, la bombilla en otro sitio. Pero ¿cómo recoger la yerba desparramada? Se volvió a la abuela, que no le dio los ojos, aunque bien sabía que la estaba mirando y que, desesperadamente, la consultaba: en una mano el mate, en la otra la bombilla. Se volvió tímidamente al padre y al fin preguntó:

- ¿Le cebo otro mate?

- No. Y naiden más toma mate esta noche. A la cama toos...

Los cinco chiquillos que pelaban papas en el corredor, un instante levantaron la cabeza y por la puerta atisbaron dentro, donde ya la noche alquitranaba el cuarto y el fuego ponía la mancha de sus largas lenguas humosas.

Uno le dio con el codo a otro y murmuró:

- ¡Tá p'apaliarlo!

- Cállate.

- Menos mal que l'agüela...

- Cállate...

El hombre gritó, como si la violencia lo anegara de nuevo con su corrosivo veneno:

- A la cama hei dicho... ¿Que no entienden?

Los chiquillos entraron la batea con las papas peladas, el balde con las papas sin pelar; amontonaron las cáscaras, guardaron los cuchillos.

La abuela gritó sin enojo, sorprendiéndolos:

- Ya saben qui'hay que lavar los cuchillos. Condenaos porfiaos...

Los cinco pares de ojos, azorados y tiernos, se volvieron a mirarla. Sonrieron, sacaron los cuchillos, los lavaron y los guardaron de nuevo.

- ¡A la cama! - insistió el hombre, obsesionado con su idea -. ¡Qué más se demoran!

Entraron de soslayo, atropellándose, y desaparecieron por la puerta que daba a la habitación en que estaban los pequeños catres de campaña y en un rincón el otro más ancho en que dormía la abuela con Venancia.

El hombre se puso de pie y se llegó a la puerta de entrada, cerrándola de un golpe que retembló en el rancho entero. Se volvió, miró a la vieja, siempre inmóvil, y dijo, a empellones con las palabras:

- Ya una vez me salí con la mía. Y me casé con la Esperanza... No se le imagine que agora se va a salir con la suya y se va a llevar los chiquillos. Los chiquillos se quean en el rancho. La que sobra en el rancho sos vos... Ya lo sabís... --y se volvió a la otra puerta, que marcaba su dormitorio, donde, pomposamente, campeaba la marquesa, regalo de casamiento de la patrona y orgullo del menaje.

La vieja no contestó ni hizo un movimiento. Roía su rencor. ¡Se la había ganado una vez! Bueno: a ver quién ganaba ahora... Pero a la par que tragaba esas migajas acres, estaba atenta a los ruidos que venían del dormitorio. Cuando se hizo el silencio que justificaba tan sólo el crepitar de la leña dentro del rancho y el insistente silbido del viento en el exterior, Eufrasia se levantó pasito, cebó el mate, sacó pan y empezó a ir y a venir como alimaña nocturna con elástica precisión, sirviendo a los niños, silenciosos y encantados con la aventura.

La violencia ya no salió del pecho del hombre. Estaba siempre allí, persistente. A veces, en medio de un trabajo, en ese revoleo del hacha sobre su cabeza, la sentía tan viva que, desconcertado, con esa tarda comprensión que era la suya, dejaba de lado la herramienta y se quedaba mirándose las manos, porque allí, como en el pecho, sentía efectivamente que le andaba algo, un hormigueo que lo impulsaba a empuñarlas y a pegar. Apenas hablaba con los suyos. Uno que otro gruñido para dar una contestación. Una o dos palabras para impartir una orden. Vivía reconcentrado. Odiaba a la vieja. Odiaba a los hijos. Odiaba al patrón. Odiaba a la Esperanza, tan endeble, tan poco hembra, incapaz de resistir un embarazo, incapaz de parir... Y que había muerto dejándolo solo, con la chiquillería y con la vieja... Dejándolo solo, sin mujer, que era lo principal, porque él necesitaba mujer, para eso era hombre, para ayuntarse y tener hijos. Irse a morir la Esperanza... Y aquella vieja que le quería quitar los chiquillos. ¿Por qué, si eran suyos? Intrusa... Los chiquillos eran suyos, para que él hiciera con ellos lo que le diera la gana. Todos. Los chiquillos y la Venancia. Para apalearlos si se le antojaba. Para dejarlos sin comer. Iba a aprender la condenada vieja aquella...

Se le hizo costumbre pegar a los niños. Por cualquier cosa. Por nada. Tremendas palizas con sus manazas como martillos. La vieja al principio no quiso intervenir. Cuando lo hizo, el hombre la miró enfurecido y le gritó:

- Acuérdese cuando le pegaba a la Esperanza...

- Ojalá que la hubiera matao entonces. No hubiera vivío la vía e perros que vos le diste, bandío...

El hombre avanzó hacia ella amenazante. Pero la vieja se irguió con los ojos tan llenos de llamas de odio, tan dura la boca, tan tremendamente iracunda, que el hombre dejó a medio hacer el gesto.

- Anímate a tocarme y verís lo que te pasa...

No sabía qué podía pasarle al hombre, capaz de aniquilarla sin otra ayuda que sus poderosas manos. No sabía el hombre qué podía hacerle de dañino la vieja. Pero el caso es que repentinamente agachó la cabeza, se volvió con los brazos colgantes y abandonó el rancho.

Había ganado esta vez. No sabía Eufrasia en gracia de qué. Pero ¿y otras veces?

Afuera seguía la lluvia, con las bonanzas más largas y más seguidas. El viento era siempre el mismo, duro y tajante. A veces parecía acallarse, adormecerse en una inesperada tibieza, en una especie de momentáneo relente de claras nubes. Una mañana amaneció el cielo limpio y el sol hizo brillar en quebradizos cristales, en repentinas irisaciones, todo el hielo que el frío escarchara con la complicidad de la noche.

Los niños corrían enloquecidos por la blanca superficie resbaladiza. Venancia se estiraba como un gato, con los ojos cerrados, dejando que el sol le recorriera la cara en escorzo. Eufrasia trajinaba presta y silenciosa. Bernabé estaba lejos, revisando el embarcadero, el puente tendido sobre el tajo y que unía las dos laderas de la montaña por sobre el fragor de las aguas, los cercos de palo parado, troncos de árboles fraccionados y enterrados uno junto a otro, en interminables filas para demarcar potreros.

Volvió el hombre a media tarde, malhumorado y por excepción comunicativo.

- Del muelle han queao tan sólo unas estacas. Hay qui'hacerlo too de nuevo. Menos mal que las cercas y el puente no han sufrío mucho. Hay trabajo pa' rato con el muelle...

Uno de los chiquillos dijo:

- ¿Me lleva mañana pa' la montaña pa' que li'ayude, taita?

- Y a nosotros tamién..., por favorcito... - dijeron los demás a coro y en el mayor alborozo.

Eufrasia, sentada en su habitual sitio junto al fuego, silenciosa y de perfil, apretó los labios, marcando la arista de su disgusto.

- A mí tamién, taitita... - agregó Venancia, acercándose al hombre, zalamera, risueña porque los hoyuelos estaban siempre allí, en las mejillas marcándose, risueña aunque la risa no se dibujara en la boca. Y le rebrillaban los pequeños ojitos perdidos entre la franja negra de las pestañas, largas y arqueadas. Igual a la madre.

- Esperanza... - murmuró el hombre, y se la quedó mirando con la boca abierta y temblorosa la nuez--. Esperanza..., por Diosito que se le parece, da susto... --añadió como hablando para sí mismo.

La vieja, siempre de perfil, lo espiaba de reojo.

Los chiquillos y Venancia gritaron a coro:

--Nos lleva..., nos lleva...

El hombre parecía seguir algo que ocurría en su interior. Se miró las manos, donde empezaba a hurgarle la violencia. Las empuñó. Y de repente se echó sobre los chiquillos, espantándolos a golpes que caían indistintamente sobre cualquiera de ellos. Sobre Venancia. La niña empezó a sangrar por la nariz, llorando a gritos. Y no atinó a huir como los otros.

- ¡Válgame Dios! - dijo la abuela, y se alzó a auxiliarla.

Pero el hombre se había quedado de nuevo mirándose las manos, y, también de súbito, sintió que en el pecho algo se deshacía en una tibia avalancha, como si llorase por dentro. Igual que una marejada caliente. Y se acercó a Venancia, casi al mismo tiempo que la abuela.

- Bestia..., déjala... Un día vai a salir acriminándote con uno de tus hijos...

El hombre se revolvió, porque la violencia regresaba y le corría por los músculos, anidándosele allí, junto a la garganta, y que le hormigueaba en las manos. Gritó:

- Pa' eso es m'hija... Pa' hacer con ella lo que se me le ocurra... Con ella, con los chiquillos y con vos tamién. --Esta vez alcanzó a darle un puñetazo, pero no más, porque la vieja, prodigiosamente ágil, más rápida de pensamiento que él, se esquivó en seguida y salió del rancho.

Se fue al cobertizo del horno y allí se acurrucó, dura, con la cabeza ladeada, de perfil, ardida la mejilla donde recibiera el golpe. Pero más le ardía la ira por dentro. Los palos, las estopas, los leños acumulados. Ya no eran un peso, sino una llamarada. ¿Qué estaría haciendo en el rancho la Venancia? ¿Le estaría pegando el muy criminal? No, porque no se oían gritos y ella podía separar ruidos, clasificarlos, labor necesaria a su trabajo de antes en el molino, que con sentir su jadeo sabía si andaba bien, si andaba mal y dónde entonces ubicar la falla. Los chiquillos estaban lejos, jugando en la ladera, olvidados de los golpes. A la niña le sangraba la nariz. Pero ¿qué estaba haciendo allí, sangrando? La chiquilla, que se parecía tanto a la Esperanza, ¿no? Bueno. Pero ¿por qué no salía a juntarse con ella? ¿Qué hacer? Bruscamente se decidió. Volvió al rancho.

La chiquilla se restregaba la nariz con un trapo. Bernabé estaba derrengado en una silla, lelo, y más que nunca le temblaba la nuez. No pareció darse cuenta de la presencia de Eufrasia.

De frente, si era posible. Si no, por caminos tortuosos, gateando. Una vez había perdido, sí. Pero esta vez ganaría. De frente era irse a las casas y contarle al patrón lo que pasaba en el rancho. Y que él interviniera, le quitara los chiquillos al hombre y se los diera a ella. No necesitaba más piezas, que aquellas dos en el patio del fondo eran harto grandes y podían todos acomodarse perfectamente. Era la única salvación.

El tiempo se iba lentamente afirmando en la bonanza, las aguas también lentamente bajaban y en dos semanas más sería posible irse hasta la hijuela Primera. ¡Claro que el hombre no iba a querer acompañarla, y ese camino era tan malo! Aunque las bestias saben mejor que nadie buscar la huella. Se iría. Era lo mejor. Pero resultaba tremendo dejar a los chiquillos solos. ¡Si se pudiera ir a escondidas con la Venancia! Imposible. La Venancia, tan lerda, tan arrevesada y que ahora le tenía un terror pánico al padre, después que le pegara... ¿Y si ella se iba sola y pasaba algo en el rancho? Pero ¿qué iba a pasar, qué? Nada..., y se encogía de hombros. Algo pavoroso, obscuro y latente la inmovilizaba allí. No sabía qué. Miedo a algo impreciso. Un irrazonado miedo.

En la siguiente trifulca, otra tarde en que Bernabé les pegó a todos, incluso a ella, sin motivo aparente, sino por satisfacer el hombre aquello que le hurgaba en las manos y que a veces le hacía doler los ijares, Eufrasia le gritó a tiempo de huir:

- Ya arreglarís cuentas con el patrón...

Y se quedó petrificada al oírlo contestar, mordiendo y ahogándose con las palabras, las manazas colgantes y los ojos perdidos en la carnosidad de los párpados:

- El patrón... Cuando me vea... Con agarrar a los chiquillos y mandarme muar pa' otro lado. El patrón... Tanto cuco con el patrón... Que se meta en sus cosas el patrón.

Se había hecho costumbre en Eufrasia, ahora que el tiempo estaba despejado, irse a sentar bajo el cobertizo del horno. Llevaba una banqueta, la costura o el tejido, y allí se estaba las horas, solitaria, en espera de que regresaran el hombre y los niños, porque también en él se había hecho costumbre llevárselos para el trabajo desde el alba. Lo que a los chiquillos llenaba de holgorio, olvidados de los golpes y de las palabrotas en cuanto se trataba de irse por la laguna para atravesar a la montaña frontera o quedarse esperando que picara el salmón o ayudando al padre en la tarea de elegir los árboles que habría de derribar para fraccionarlos y hacer después con ellos los cercos, o si no en aquella otra aventura, maravillosa, que consistía en atravesar haciendo equilibrios el puente tendido sobre el tajo, pasarela primitiva y peligrosa.

Regresaban hambrientos y cansados. Eufrasia tenía lista la comida, que servía Venancia desmañadamente, y luego el hombre daba orden de acostarse. Y estaban los chiquillos tan rendidos, tan absolutamente rendidos con la caminata, el aire y el sol, tan ahítos de comida, que caían como piedras al fondo del sueño, sin que la abuela pudiera obtener de ellos la más mínima información de lo que habían hecho en el día.

Otra vez ganaba el hombre... Y ella allí, como una buena tonta, trabajando el día entero para que "su mercé" hallara el pan dorado, el sabroso caldillo, las papas asadas y el agua hirviendo para cebar el mate. Y la ropa limpia y el rancho como una plata... Tonta...

Empezó a merodear por los contornos. Hacía sigilosos viajes por el sendero hasta enfrentar el puente sobre el tajo. Se perdía en la maraña de los árboles, de los arbustos y enredaderas, apareciendo súbitamente frente al rancho, buscando rectas entre el puente y su sitio habitual, bajo el cobertizo del horno. Desahogaba su mal humor en los pájaros, hasta los más chiquitos, tocados siempre por la piedra de su honda. Merodeos sin testigos, porque aguardaba siempre para realizarlos que el eco no le trajera seña alguna de la presencia de los otros, lejanos por las montañas.

Volvían del bosque de araucarias. En la mañana había el hombre dejado tendida la red y estaban los chiquillos impacientes por ver la pesca. Venancia se había hecho una corona de pequeñas hojas y venía delante. Atravesó la primera el puente, como si los pies descalzos adhirieran al tronco rugoso, firme y segura. Pasó un chiquillo, silbando, sin darle importancia al abismo que estaba abajo, profundo, verde, tonante. Los demás niños venían con el hombre, que cargaba el hacha. Pareció que iba a pasar primero. Pero les cedió el paso a los hijos, que atravesaron, uniéndose a los demás y echando a correr en dirección al embarcadero y a ver la red.

El hombre puso el pie en el puente. Como los chiquillos, parecía adherido a la piel del árbol. Pero en la mitad, de súbito vaciló, herido por la piedra en la frente; vaciló, osciló y desapareció entre las paredes del tajo, sumido en lo húmedo, en lo fragoroso.

Los niños lo esperaron en el embarcadero.

- Si'habrá ido derecho pa'l rancho - dijo uno.

- ¿Veímos la red? - propuso el otro.

- La veímos no más --dijo Venancia -, y si s'enoja, que s'enoje...

Trajinaron un rato. Sacaron el pescado. Lo pasaron por largas ramas de plantas acuáticas para formar sartas. Y echaron a andar camino el rancho con su carga.

La abuela los aguardaba sosegadamente bajo el cobertizo del horno, con las manos cruzadas sobre la costura.

- Mire, agüela, truchas y un salmón chico.

- ¿Y el taita? --preguntó uno de los chiquillos.

- Aquí no ha llegao --dijo la abuela, y se volvió de perfil.

- ¡Bah! Se li'habrá olvidao algo y volvió pa' la montaña.

- ¿Por qué no lo van a catear? Es harto tarde y vendrá con hambre.

Regresaron al rato. El padre no estaba. ¿Qué hacían? ¿Lo iban a buscar al otro lado del puente?

- No - dijo la abuela -. Se hizo noche ya. Dentren a comer. Ya llegará...

Comieron y esta vez fue la abuela quien en seguida dio orden de que se acostaran. Se caían de cansancio. Se caían de cansancio medio a medio del sueño.

La abuela se quedó un largo rato en su otro sitio habitual, en el de las tremendas noches invernales, cercana al fuego, volteada la cabeza sobre un hombro, garduña en acecho, con el perfil fijo en la penumbra, en la mano el cigarrillo, despaciosamente liado, despaciosamente encendido y que, de rato en rato, marcaba un punto rojo. De pronto se volvió a la puerta que daba a la habitación del hombre.

- Agora gané yo..., y pa' siempre... ¡Je! - lo dijo, creyó decirlo, pero de la boca cerrada, como trancada por el labio inferior, no se movió un músculo ni salió un sonido.

Entonces se alzó a cerrar la puerta de entrada. Pero no la cerró, la dejó abierta. Abierta, porque para los otros el hombre todavía podía volver.

 FIN